lunes, 20 de julio de 2020

La cuarentena y el pan nuestro de cada día por Carlos Barredo


                                                                                                           Ognuno sta solo
                                                                                                                                                      sul cuor della terra
                                                                                                                                                      trafitto da un raggio de sole.
                                                                                                                                                      Ed é subito sera…
                                   
                                                                                                               Salvatore Quasimodo[1]
                                                                                                       
La pandemia nos confronta con una situación inédita y de consecuencias tan imprevisibles como inciertas para nuestro futuro inmediato. Sobre afirmaciones de este tipo parece haber un consenso extendido. En este breve escrito quiero sólo centrarme en dos aspectos afortunados de nuestra labor como analistas y en una reflexión sobre el uso del lenguaje que surgió como efecto del aislamiento por el que estamos afectados.

La primera constatación grata, es que casi todos los analistas de los que tengo noticias han podido preservar su tarea por medio de la utilización de herramientas virtuales. Esto nos brinda una privilegiada tranquilidad respecto de nuestro medio de subsistencia, en comparación con varios ámbitos profesionales que no han podido gozar de esa posibilidad.

La emergencia abrupta, extendida e inesperada, de esta modalidad de trabajar, en el panorama de la tarea cotidiana de los analistas, no puede pensarse sin una incidencia decisiva sobre discusiones instaladas, hace ya un tiempo, en la comunidad analítica. En ellas se debatía, con intensidad creciente, acerca de similitudes y diferencias, ventajas y desventajas de este tipo de tratamientos a distancia. Como suele ser habitual en este tipo de controversias, los bandos se repartían entre los entusiastas promotores, cuando no propagandistas, de las nuevas formas de abordaje y los no menos enérgicos defensores de las condiciones presenciales, imprescindibles a su entender, para poder llevar adelante una cura concebida como analítica. Sumado a que todas estas discrepancias se resaltaban e incrementaban cuando eran referidas a los análisis de formación que deberían ser reconocidos como tales por las Sociedades componentes de IPA.

En el paisaje que daba lugar a estos intercambios, la irrupción de las condiciones actuales funcionó a la manera de un viento huracanado que pone a prueba la consistencia de los cimientos conceptuales que sostienen nuestro quehacer. La aceleración así impuesta, por condiciones de hecho, al debate en curso, plantea como difícilmente posible (entiendo que tampoco deseable) imaginar una vuelta a las condiciones del “statu quo ante”, del huracán. El retorno a las condiciones presenciales en nuestra praxis debería necesariamente incluir una reflexión sobre las nociones que hacen al fundamento de nuestra disciplina y las relaciones que mantenemos con ellas. Lo contrario sería dejar pasar la oportunidad de hacer experiencia de lo vivido. Necedad de la que históricamente hemos dado muestras de no estar exentos y que podríamos reproducir en un escenario de regreso a lo anterior,  con la convicción de estar ya vacunados contra cualquier amenaza de cambio, aferrados a la omnipotencia de creencias dogmáticas, a prueba de cualquier devenir temporal.

 Un “beneficio” colateral constatable (contrapunto con la noción de “daño”), es la mayor cercanía, alfabetización y familiaridad con los medios tecnológicos, impuesta por las circunstancias, para muchos de nosotros ahora incluidos en la categoría de “población de riesgo” (¿de fosilizarnos?). Beneficio que debería contribuir a calmar la inquietud existente por el “agement” en nuestra comunidad analítica cercana.

La segunda buena nueva es la comprobación, con satisfacción y sorpresa en ocasiones, de que el dispositivo inventado por Freud y formalizado luego por Lacan como “discurso analítico” funciona y como praxis produce efectos, aun en condiciones aparentemente muy alejadas del contexto en que fue ideado.

Es indudable que la presencia del cuerpo de analista y analizante en un espacio compartido delimitado (“two bodys in the same room” especifica el “Procedural Code”) tiene consecuencias profundas, y más allá de lo perceptible, que condicionan e inciden sobre la posibilidad del intercambio analítico. Es claro, además, que los efectos de esa presencia deberán “entrar en la conversación”, para poder ser abordados, en la instalación y despliegue de la transferencia, necesarios para dirigir una cura. Teniendo siempre presente, claro está (¿está?), que se trata en nuestra praxis del cuerpo de un sujeto hablante (al que Lacan bautizara con el neologismo “parlêtre”), afectado por la palabra en el campo del lenguaje, y que nuestra responsabilidad es siempre impedir que se lo reduzca a un cuerpo-organismo biológico. Esto hace imprescindible que se interroguen significantes como “cuerpo real” o “presencia real”, en toda la complejidad de sus resonancias. Entre otras aquella donde Lacan articula la “presencia real” con el fenómeno de la eucaristía (en el Seminario VIII) como para no quedar prendados en los sentidos comunes de esos significantes que creemos comprender como evidentes.

 En las condiciones actuales, la privación de esa presencia se acompaña de una cantidad de fenómenos observables que los analistas no dejan de destacar: las distintas modalidades con que los analizantes se muestran en el marco de sus pantallas y dan a ver el contexto en que se exhiben, las inquietudes que surgen sobre ser invadidos de maneras intrusivas en espacios hasta entonces fuera del alcance de la percepción del analista.  Algo similar acontece respecto a la escena inusual en que el analista se ve llevado a tener que aparecer, su vivienda, su atuendo, etc.

No se trata de negar estas diferencias evidentes, ni de afirmar que todo transcurre en el análisis como si nada de esto afectara su funcionamiento, sino de constatar que, aun en condiciones tan distintas, algo del psicoanálisis está preservado y funciona: eso que se presenta como un dispositivo reglado de intercambio hablado, en que alguien dice de sí lo que no sabe, dirigiéndolo a un lugar en la transferencia así instaurada desde donde se le puede responder. Cuando esa respuesta toma la forma de una interpretación, cobra un efecto de sorpresa para analizante y analista. Sorpresa a la que el único sujeto en análisis, el analizante, responde con la producción de nuevas asociaciones. Intercambio asimétrico por estructura, por medio del cual el sujeto va modificando su distancia con el inconciente que lo determina. Aquello que le es más íntimo  y a la vez más extrañamente ajeno.

Que este dispositivo se instale y funcione, no es algo que dependa solo, ni siquiera principalmente, de condiciones exteriores al mismo, sino fundamentalmente de que el analista ocupe el lugar que el dispositivo le adjudica en la transferencia. De allí nuestra responsabilidad. Por eso creo que no se trata de sujetarnos a la pureza de preceptos técnicos ni de fascinarnos por la novedad de modificaciones impuestas por las circunstancias. Eric Laurent, parafraseando a Lacan, afirma algo así como que tenemos que saber servirnos de skype para poder prescindir de él.

En la misma línea, acuerdo con Miguel Bassols quien sostiene que si  bien la infección virósica es un fenómeno biológico, la pandemia es un acontecer de orden político, un hecho de discurso, a escala mundial, que instala significantes amo que el discurso analítico debería cuestionar, interrogar, por ejemplo: “distancia social”. Significante que, en nombre del bien de todos, promueve decisiones tendientes a imponer una biopolítica de goce de los cuerpos.

Así, la pandemia que enfrentamos los analistas en nuestra praxis es la que Serge André, quien falleciera en 2003, situó como “la pavorosa prisión del lenguaje unificado y el fantasma estandarizado, en que nos encierra la dictadura del discurso común” (y esa es la peor de las cuarentenas que cotidianamente confinan tanto nuestros desplazamientos como nuestros modos de pensar). A este intento de sumisión religiosa del sentido común, Lacan respondió con su propuesta de “herejía”, en la que resuena su tríptico RSI, en el equívoco de su  pronunciación en francés: “her-es-ie”.

A esta propuesta pandémica permanente de significantes amo, el discurso del análisis ha de responder con cuestionamientos que hagan vacilar el sentido ordenado, promoviendo un giro que histerificando el discurso facilite la entrada en análisis. Es esta vía la que determina que el goce del síntoma “entre en la conversación”.

Creo que la alegría por la satisfacción de constatar que el psicoanálisis funciona, aun en el contexto impuesto tanto por la época como por su pandemia, es algo compartido por muchos colegas y me atrevería a conjeturar que Freud lo sentiría de un modo similar. Pienso que lejos de anatemizar lo acontecido como una desviación de la especificidad de su creación, como le sucediera con Adler o Jung, leería el fenómeno como una confirmación más de la solidez y consistencia de su invención.

Por último me referiré a una experiencia de los inicios de este confinamiento, en los primeros días de abril. Se inició entonces entre muchos colegas una cadena denominada de “intercambio poético” en que se nos proponía enviar un texto, poema o verso que “nos haya afectado en tiempos difíciles”, sin pensarlo demasiado, a un nombre propuesto en una lista inicial, aunque no se conociera al destinatario. De esta manera se lanzaba un intercambio donde luego de enviar el texto solicitado, se recibían una serie de respuestas similares provenientes de los participantes en el juego propuesto.

El ejercicio, colectivo, creativo y estimulante, tal como fuese ideado por sus creadores, provocó en mí, resonancias múltiples. Quiero destacar una que más allá del goce de la lectura suscitado por textos bellos en general, me sumergió en una serie de reflexiones sobre la experiencia del lenguaje en los hablantes y en los analistas en particular. Se desató en principio con la recepción de un texto atribuido a Borges, hermosamente escrito claro está, que no obstante me suscitaba una inquietud no muy precisable que fue aclarándose de a poco: había algo en el texto que hacía dudar que proviniese de la pluma de nuestro poeta mayor. Sobretodo era difícil reconocer el espíritu borgeano en la letra esperanzada y optimista del contenido propuesto por el texto a modo de enseñanza de vida y alejado de la profunda ironía y el humor ácido que suelen ser el sello de autenticidad de las obras de Borges.

Así me vi llevado a pensar que la mención de “tiempos difíciles”, formulada en la propuesta y que seguramente aludía a lo que el confinamiento nos provocaba: incertidumbre sobre nuestro futuro, inquietantes elucubraciones sobre aquello a lo que nos confrontaría el tiempo que nos queda por delante, etc., podría haber influido en la elección de estos textos esperanzados y tranquilizadores por la sabiduría que intentaban instilar en un marco de consideraciones con tintes francamente espirituales sino religiosos.

Luego me pasó algo similar con un texto que me enviaron como de Neruda: “Queda prohibido”. Me ayudó entonces lo sucedido antes con el texto de Borges, ya que mi familiaridad con la poesía de Neruda es bastante más escasa. Me parecía extraño que un poeta se viese llevado a producir ese tipo de textos. Fue entonces que apelando, como en el caso anterior, al saber de nuestra época: Google, encontré la misma clase de respuesta. En ambos casos se trataba de textos que circularon como atribuidos a los poetas mencionados, pero originados en otros autores. Efectivamente, el texto atribuido a Borges provendría de la escritora norteamericana Nadine Stair, que lo habría publicado en 1978 y el adjudicado a Neruda provendría de Alfredo Cuervo Barrero, joven escritor que al publicarlo no habría leído nunca a Neruda.

Recordé entonces lo que ya sabía: la experiencia del lenguaje en la palabra profética es esencialmente distinta a la del poeta. La palabra de un profeta intenta ejercer un poder performativo sobre el futuro, modelándolo en base a una palabra divina que busca generar creencia y convicción en un sentido único que, apuntando al bien de todos funcione como orientación o  guía de vida. El significante “profeta” debería ser atendido, además, en la resonancia del lunfardo porteño que hace eco a las ambiciones académico-pedagógicas de muchos psicoanalistas, por lo que ello podría incidir en su posición a la hora de conducir una cura.

Hace ya muchos años, en un trabajo sobre la interpretación[2], utilicé como epígrafe una frase de Santiago Kovadloff: “Un poeta no es un predicador. No dice cosas importantes. Remite a cosas importantes mediante lo que dice”.[3] Queda claro que la relación con el lenguaje aquí implicada, que debería regir la tarea interpretativa en la praxis psicoanalítica, es fundamentalmente diferente de la anteriormente mencionada, donde la prevalencia del sentido busca producir una fascinación hipnótica.

En su esquema o cuadrípodo de los discursos donde Lacan da cuenta de las distintas relaciones con el lenguaje antes mencionadas, se preserva el lugar de vacío de sentido que impide a cada discurso cerrarse sobre sí, haciendo posible el giro de uno a otro que el discurso del analista debe preservar.

Coherente con esta enseñanza, Colette Soler postula su neologismo: “acteísmo”[4], (condensando acto y ateísmo), para indicarnos que es por la vía de un acto que apunte a lo real, y por tanto fuera del sentido, que ha de formularse una propuesta de final no religiosa para los análisis. La caída del sentido junto con la del saber del Otro que le haría de garante, es consecuencia de un efecto de estructura, y el ateísmo del sujeto no es una cuestión de creencia, no es una profesión de fe o su negación lo que está en juego.

Pienso que así se abre ante nosotros la puerta hacia una ética del deseo que no es la del  bien de todos, no por cierto la de un ideal de salud mental dictado por un psicoanálisis médico y no laico (profano, ateo), puerta que de nosotros depende el mantenerla abierta en un intercambio presencial o virtual según la ocasión, para que cada analizante pueda verse confrontado con la  alternativa de una elección posible pero no prescriptiva. En momentos en que las prescripciones están a la orden del día, la vía singular que el análisis propone se torna cada vez más necesaria.
En cada caso, cada día, cada sesión.



[1] Los exquisitos versos del epígrafe que expresan de manera infinitamente más sutil y sucinta lo que intento reflejar en mi texto, los debo al amigo y psicoanalista Enrique Torres, de Córdoba, que me los envió como parte del ejercicio de intercambio poético que menciono. La versión en español reza: “Cada uno está solo//sobre el corazón de la tierra//atravesado por un rayo de sol. //Y de pronto es la tarde…
[2]La mente es cosa seria la interpretación es un chiste”. En: La misteriosa desaparición de las neurosis, Bs.As. Letra Viva Ed. 1998.
[3] “Señales de la poesía” La Nación 2/8/92.
[4] “Soler, C., El acteísmo analítico”. En Revista de Psicoanálisis, APdeBA. Número sobre: Transmisión y ética (en prensa) mayo de 2020.

Carlos Barredo, psicoanalista. Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires. Argentina.

El malestar en la cultura por Mariano Horenstein


(nota publicada en Babelia, suplemento cultural del diario El País de Madrid, el 26 de junio de 2019)

Exactamente un siglo atrás, Freud escribía al pastor Oskar Pfister: “la evidente brutalidad de nuestros tiempos pesa sobre nosotros”. Su adorada hija Sophie acababa de morir víctima de una peste, la mal llamada gripe española.

Diez años después publicaba El malestar en la cultura, un libro menospreciado como un texto más sociológico que psicoanalítico, meras especulaciones del estilo tardío del maestro vienés.

En ese texto Freud, como haría Walter Benjamin otros diez años más tarde, anunciaba de algún modo el lado B de la cultura, su cara oscura. Mientras el filósofo desnudaba el reverso de barbarie que anidaba en todo documento de cultura, el psicoanalista diseccionaba el mecanismo gracias al cual el descontento y la insatisfacción eran una consecuencia necesaria y no aleatoria de la naturaleza cultural de nuestra especie.

Freud tenía con la lengua alemana -al igual que Benjamin y Kafka- un vínculo que la subvertía desde la impronta de su judaísmo laico, una relación tensa e incómoda que subrayaba su radical extranjería frente a la cultura que habitaban. Quizás ese modo extranjero de pensar fuera lo que les permitió la distancia justa para pensar más allá de aquellos demasiado imbuidos de su pertenencia cultural.

El malestar en la cultura fue publicado en un contexto que justificaba el pesimismo -o el crudo realismo- que lo había alumbrado: la crisis económica se generalizaba y la bolsa de Nueva York caía mientras Freud entregaba su manuscrito al editor. En Europa, Hitler iniciaba su vertiginoso ascenso.

En ese texto sombrío y a la vez luminoso, Freud describía tres fuentes del sufrimiento que nos acicateaba: las debilidades de nuestro cuerpo, el carácter indomeñable del mundo exterior, (el infierno de) los otros.

Y a la vez detallaba las estrategias de las que nos valíamos para dar cuenta de nuestra intemperie, desde la huida radical de la realidad encarnada en la psicosis, pasando por el consumo de tóxicos u otros quitapenas para hacerla soportable, hasta el precio que pagamos la mayoría por nuestra naturaleza cultural, la neurosis nuestra de cada día.
¿Cuánto permanece de todo aquello noventa años después?

Ya antes de la pandemia, nuestra especie se encontraba en medio de una mutación fenomenal, convirtiéndose en digital cuando antes era analógica, desligando las identidades sexuales de sus enclaves corporales o pensando nuevos modos de agrupamiento familiar frente a los cuales los modelos de un siglo atrás tenían en común apenas el nombre. Donde antes había represión victoriana hoy hay un libre juego en torno a lo sexual, donde a menudo se impone un mandato inverso: el de gozar de todo, a como dé lugar.

Los tóxicos que Freud podría haber imaginado mientras escribía -absenta, opio, hashish- resultan rústicos ensayos frente las eficaces drogas de diseño o los ansiolíticos de uso diario naturalizados en nuestra cultura. La cocaína -en la que Freud mismo fue pionero en su afán de descubrimientos- ha hecho también su camino.

Los grandes relatos que ordenaban el mundo en la escena de escritura del Malestar han cambiado también… ¿tanto? El marxismo en tanto práctica política ascendente -cuestionado por Freud- se ha estrellado, pero proyectos populistas de derecha e izquierda se enseñorean en las democracias occidentales. Mientras tanto, el cristianismo hegemónico en Europa ha dado lugar a una mayor dosis de laicismo pero también a su contracara, el resurgimiento de corrientes fundamentalistas de variado pelaje. La severa Depresión a la que se encaminaba el mundo en 1930 quizás no sea demasiado distinta de la que pareciera aguardarnos cuando la pandemia sea cosa del pasado.

En la escritura del Malestar estaban presentes los estragos de la peste o los de la Gran Guerra. Hoy nos ocupa otro virus, pero los conflictos de baja intensidad donde los drones han reemplazado a la infantería y los misiles a los gases tóxicos probablemente den lugar a fenómenos como los que Benjamin describiera en los soldados que venían del frente, mudos, incapaces de poner en palabras su experiencia. No solo se derrumbaba Wall Street, sino la misma noción de experiencia, ésa que el psicoanálisis rescataba hasta hacer corazón y hueso de su práctica.

Sí ha mutado la cultura quizás, haciéndose más refractaria al malestar. Un paradigma de las superficies ha desplazado al de la profundidad (y recordemos que el psicoanálisis surgió asimilado a una psicología de las profundidades) mientras la nuevas generaciones se extrañan de los morosos hábitos de la lectura o la disciplina del pensamiento. Donde antes había preguntas proliferan respuestas que prometen curas milagrosas a la incertidumbre; donde antes lo fallido gozaba de cierto prestigio, hoy nos afanamos en cegarlo con objetos de consumo; mientras antes había lugar para la palabra extranjera, hoy la xenofobia no cesa de crecer.

Pese a eso, el desajuste radical que nos habita en tanto miembros de la especie humana, el precio que pagamos por ser sujetos del lenguaje y la cultura, no ha variado en verdad demasiado. Se añora, eso sí, un espacio que rescate la fertilidad del malestar, ése que podría hacer nuestras vidas más vivibles y nuestros tiempos menos brutales. 
   
Mariano Horenstein, psicoanalista. Director del Instituto de Formación Psicoanalítica de la Asociación Psicoanalítica de Córdoba


miércoles, 1 de julio de 2020

De templos a continentes ... del diván a lo virtual por Claudio Perusia


Entre los años 541 y 543 la pandemia de Justiniano afectó al Imperio Romano de Oriente o Imperio Bizantino, incluyendo a la ciudad de Constantinopla y otras partes de Europa, Asia y África. Se estima que, entre 541 y 750, la población mundial perdió entre 25 y 50 millones de personas.

La peste negra o muerte negra se refiere a la pandemia que afectó a Eurasia en el siglo XIV y que alcanzó un punto máximo entre 1347 y 1353.

La Gripe Española mató entre 1918 y 1920 a más de 40 millones de personas en todo el mundo. Se desconoce la cifra exacta de la pandemia que es considerada la más devastadora de la historia. Un siglo después aún no se sabe cuál fue el origen de esta epidemia que no entendía de fronteras ni de clases sociales. Cien años han pasado de la esa pandemia, donde Freud perdió a su hija Shofia.

Parece que no sólo algunos de nuestros pacientes, manifiestan eso de repetir,… la humanidad, el mundo también…Luis Hornstein dice…convertir la historia en pasado permite un futuro que no es pura repetición.

Comenzamos este escrito con unos hechos históricos, que seguramente muchos no conocíamos, o teníamos algunos datos aislados de ellos, pero conocemos una historia más reciente. Nos retrotraemos a la noche del jueves 19 de Marzo del 2.020. Aquello que veíamos en los noticieros que sucedía en tierras lejanas, a mucha distancia, y que por momentos, quizás nos sentíamos ajenos a esa realidad, de pronto  esa distancia se acortó notablemente, estaba ahí, al alcance de nuestras manos, el gobierno Nacional, declaraba la cuarentena, término que para la medicina, describe el aislamiento.

Surgieron muchas preguntas,… y ahora qué?...cómo?...hasta cuándo? El Covid-19, nos arrebataba nuestros mañanas. El viernes iba a ser un día muy diferente al planificado. Comencé llamando a los pacientes, ofreciéndole tener sus sesiones de manera virtual!!! ...Todos estábamos conmocionados. Algunos aceptaron sin mayor resistencia, otros… lo iban a pensar, y los menos, decidieron que llamarían cuando… esto pase? Nuestros psiquismos estaban tratando de metabolizar lo que estaba pasando, mejor dicho lo que estábamos empezando a vivenciar.

A medida que transcurrían los días nos íbamos acomodando a esa nueva realidad, impuesta!…Apelamos a nuestra inteligencia y creatividad para sortear las dificultades que se nos presentaban, como por ejemplo, un paciente tenía sus  sesiones en el auto, en la cochera de su edificio, era el único lugar  donde encontraba la suficiente privacidad para hablar libremente.  Otro lo hacía en su dormitorio recostado  en su cama. Otro desde la terraza mirando la puesta del sol…la gran mayoría, encontraba un tiempo y un espacio, para tener sus sesiones. A esto se la sumaban otras dificultades que tenían que ver con el poco manejo de la tecnología, de la virtualidad, lo insuficiente que podía llegar a ser la conectividad a internet.

Cuántos cambios! Nuevamente cuántas preguntas…cómo impactaba en mí, estar dentro de la casa de cada uno de ellos, y ellos dentro de  mí casa? Qué pasaría con el paciente que se recuesta en el diván, ahora nos mirábamos cara a cara? Cómo estarían aquellos que decidieron esperar…a que todo esto pase!?  Punto este que me generaba cierta preocupación. Esa negativa, para mí,  tenía un valor diagnóstico, no pudieron utilizar esas vías colaterales, al menos darse la posibilidad de probar  una manera distinta de sostener este espacio analítico, y pensaba… a cuántas otras cosas de su vida estos pacientes renunciaban por no usar otros caminos, otras vías.

En casi todos resonaba la misma frase… De esta forma no es lo mismo, presencial es mejor o me gusta más.  Por ese entonces recordé a Ferenczi, y sus postulados sobre la técnica activa, y decidí que cuando apareciera la frase… de esta forma no es lo mismo, presencial es mejor, iba a proponer puntuar  la frase , es decir quedarnos sólo con… de esta forma no es lo mismo... Me parecía que era muy temprano para arribar a alguna conclusión. Y es más, quizás las variables mejor o peor, no serían las más adecuadas. Debían ser reemplazarlas por;  Si es efectiva esta forma de tratamiento? Si se promueven cambios? Si podemos explorar el inconsciente?

Hacía varios años, alrededor de 8 ó 9, que trabajo con algunos pacientes de manera remota o virtual, y también como paciente hace alrededor de seis que tengo mis sesiones por teléfono. Estaba familiarizado con este formato, a mí me animó a utilizarlo una situación que me aconteció un domingo por la tarde. Estaba no sé qué haciendo en la computadora, me disponía a dejar de utilizarla, tenía una reunión social, y recibo una llamada por Skype. Se trataba de una persona que hacía meses no veía, ya que se había mudado a España buscando nuevas posibilidades, y que  por razones de diferencia horaria, la comunicación era pobre, escasa, en esos años no existía Whatsapp.

La charla se extendió por largo tiempo, cuando finalizó, ya era tarde para concurrir a ese evento social.

Promediando la semana, me encuentro con alguien que había acudido al evento social y me pregunta…que te pasó, por qué no fuiste? Sin dudarlo mi respuesta fue, estaba por ir pero justo me llego gente!!! Cuando di esa respuesta, al mismo tiempo dude, pensé, no estuve solo!!! La situación se volvió algo confusa…Lo lamentable es que esa persona nunca me creyó, …he hizo bien!!! Fácticamente nadie había llegado a mi casa, pero yo tenía otro registro.

Lo que me parece importante transmitir, compartir, es la sensación de haber estado con alguien en mi casa, la sensación de presencia, que me lleva a decir de manera automática, “me llegó gente”.

Hoy mucho escuchamos hablar del estar sin estar, agregaría, estar sin esta, estando. Ese gerundio poco usado, esa forma no personal del verbo, que expresa la duración de la acción, que hoy se materializa en la imagen de una pantalla.

Han pasado varios días, meses,  de cuarentena, las medidas de aislamiento se van flexibilizando, la corporalidad comienza a estar más presente. Nos encontramos con nuevos interrogantes y desafíos. Aún no podemos hablar en pasado, pero podemos vislumbrar un futuro, poco prometedor, la pandemia del Covid-19, tuvo la capacidad de atravesar a toda la humanidad, se virilizó, como también se viralizan sentimientos y realidades en todo el mundo. Podemos suponer que en el futuro, serán tiempos de elaboración de perdidas, de duelos. Todos habremos de perder algo, un trabajo, un comercio, un proyecto, o lo más irreparable, a alguien, algún familiar, amigo, paciente o terapeuta.

Además del duelo, también podemos percibir algo común en varias personas, al menos en nuestro medio, un marcado deseo de no volver físicamente a sus puestos de trabajo. La virtualidad tiene algo muy seductor, nos puede resultar más cómodo, ahorramos tiempo y dinero, y es así como una Nueva Normalidad se avecina, va desde la forma de saludarnos, a maneras de trabajar, estudiar, comprar.

Este breve comentario, que sólo interroga un  periodo de la existencia humana, producto del pensar, estudiar, discutir con colegas,  sin llegar a respuestas acabadas, absolutas, me lleva a formular preguntas más complejas, cuya raíz está en la práctica clínica.

Una  normalidad es aquello  que se ajusta a cierta norma o a características habituales, corrientes, sin exceder ni adolecer. En el mundo de la clínica psicoanalítica, en  momentos de iniciar un análisis, se pensaba en ciertas variables del dispositivo psicoanalítico como por ejemplo, número de sesiones, frecuencia, la utilización del diván, o bien cara a cara, quizás hoy debamos agregar otra, las sesiones de manera virtual, con los recursos y plataformas que vayan surgiendo.

En una entrevista que George Sylvester Viereck en 1926 le realizara a Freud titulada  El valor de la vida” Viereck, pregunta.  La estructura científica que usted levanta me parece ser mucho más elaborada. Sus fundamentos -la teoría del “desplazamiento”, de la “sexualidad infantil”, de los “simbolismos de los sueños”, etc. – parecen permanentes. Freud responde, Yo repito pues, que estamos apenas en el inicio. Yo apenas soy un iniciador. Conseguí desenterrar monumentos enterrados en los substratos de la mente. Pero allí donde yo descubrí algunos templos, otros podrán descubrir continentes.

Esos continentes, tendrán que ver hoy con la implementación de la técnica y la adecuación del dispositivo psicoanalítico al universo de la virtualidad?

Claudio Perusia. Licenciado en Psicología. Psicoanalista de la Asociación Psicoanalítica de Córdoba. Miembro Titular con Función Didáctica. Titular de cátedra de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Católica de Córdoba.  



viernes, 26 de junio de 2020

La formación en los tiempos del confinamiento por Carolina Glaser


La formación en los tiempos del confinamiento

La poesía es creación de un sujeto
que asume un nuevo orden de relación simbólica con el mundo (Lacan)




La irrupción inesperada de la pandemia del Coronavirus, esta intromisión real, masiva que cambió las coordenadas del mundo entero provocaron una desestabilización en el ordenamiento de las formas de vivir, de vincularse, de trabajar, de formarse…

A partir de la pérdida y los procesos de duelo puestos a elaborarla, se impone el deseo de producir nuevos ordenes simbólicos, una reconstrucción.

Como psicoanalistas, reconocemos el poder creativo de las palabras, la posibilidad de armar y rearmar mundos en el mundo. Según Lacan “El mundo es in-mundo… cada uno se construye su mundo”, búsquedas y encuentros de nuevos sentidos.

La formación en psicoanálisis ha requerido la puesta en juego de nuevas modalidades de delimitación de tiempos y espacios para la escucha, para la incorporación de modelos teóricos diversos, aprehendiendo lecturas, rememorando y actualizando saberes, utilizando nuevas tecnologías, la virtualidad para reasegurar los lazos y la conexión con otros para pensar en conjunto, invistiendo libidinalmente los encuentros.
Garantizando el trípode analítico, nos encontramos inmersos en las profundidades de las distintas líneas teóricas, dando cuenta del universo complejo, heterogéneo, relativo, diverso y plural del psicoanálisis. Acompañados en el sostén de nuestra práctica clínica con sus vicisitudes singulares y lo disruptivo del acontecer actual que también requiere de un movimiento y apuesta psíquica importante. Y el propio análisis sostenido desde la virtualidad, el corrimiento de los cuerpos y la intensificación de la escucha en un diván internalizado e “imaginarizado”.

El deseo y el intento de seguir pensando juntos, entramando y transformando lo incierto, lo enigmático y la angustia en conocimiento, serán motor de la continuidad.
  
Como contrapartida del confinamiento, entiendo al psicoanálisis como un absoluto permiso para la circulación: apertura de avenidas disponibles entre el adentro y el afuera, habilitando el ingreso y alojamiento de lo diferente, de lo múltiple, de lo diverso.

Los grandes cambios siempre vienen acompañados de una fuerte sacudida.

Los desarrollos y la creatividad de Freud estuvieron atravesados por dos guerras mundiales, incluyendo el peor holocausto de la historia de la humanidad. Salvando la enorme distancia social, política e histórica, podemos aventurarnos a hipotetizar que el desorden podría resultar en la emergencia, en su doble acepción: una situación imprevista que se debe solucionar y también como acción de emerger (algo nuevo) y potenciar la creación de redes, puentes, escaleras, balsas… para sortear el abismo y el vértigo del real que asoma. 

El psicoanálisis fue, es y será redes, puentes, escaleras, balsas… para quien lo pueda aprehender.

Carolina Glaser - Analista en formación en el Instituto de Formación Psicoanalítica de la Asociación Psicoanalítica de Córdoba 


A quien seguir, a quien creerle por Verónica Vigliano


A quien seguir, a quien creerle

Supongamos preguntas dirigidas a alguien quien responda aplacando la intranquilidad que nos atraviesa. Que aliviador seria encontrar una sentencia taxativa sobre la verdad de las cuestiones que producen sufrimiento.  

En estos tiempos, en el transcurrir de los días, en aislamiento, surge la necesidad de la certeza sobre un saber. Saber sobre un virus nuevo, bastante simpático cuando lo dibujan pero malísimo cuando se lo contrae. Saber sobre qué limpiar y con qué, o cómo protegerse. Saber cuándo y cómo atender las demandas de los sujetos en análisis. Saber, que improvisamos  en adiestramientos acelerados para utilizar medios tecnológicos y remotos de comunicación. Sumando aprendizajes,  dejamos atrás al terruño que habitábamos, arribando a otra realidad, donde brota la proliferación de formulación de teorías, protocolos de seguimientos, o cambios del lenguaje al nombrar objetos, situaciones. 

En las redes sociales, a quien seguir es un artilugio de enlaces entre usuarios que se ofrecen, para que uno con solo cliquear decida si esa persona visible en la foto subida como perfil, es alguien que quizás conozca y desde el momento que acepta una solicitud, pasamos a establecer contacto. Una nueva red social liga el encuentro con otro: contacto, amigos, conocidos, seguidores, variedad de reuniones, curiosos.

Pienso, durante la pandemia,  en ciertas particularidades de las relaciones humanas,  en las mixturas compuestas de soledad, persona, imagen persona- foto, miedos, pantalla-voz, comentarios, memes. En cómo se sumergen allí donde se difumina quien es el otro, detrás de aparentar contactos sin que nada se pierda.

Al seguir las redes creemos aproximarnos a quien es el que opina o postea esa imagen, cuáles son sus comentarios, si estará de acuerdo o no, por qué apoyaría ese movimiento social, que escribe en su muro y que dice cuando comenta, como se muestra en la foto subida,  que lugares visita, porque sigue a determinados famosos  o cuáles son sus grupos de pertenencia. Figuras del perfil,  virtualidad  en la cual proliferan las imágenes al compas de las palabras.

Cuando leemos se produce una superposición entre el autor, quien escribe, una persona, pero para creer el argumento se necesita pensar,  rastrear sobre lo narrado,  lo que sucede, los personajes caracterizados, los conflictos o si pudieran suceder de otras maneras. La palabra se desplaza hacia  recorridos, figurando múltiples tramas. Diferentes ficciones, en  las redes, en la literatura, en las series que vemos quedándonos en casa. Ficciones que acompañan la construcción de realidades a veces pintorescas, gratificantes, con versiones editadas, sin los rastros del malestar que se empeñan en incrustarse en el cuerpo, en los gestos, en nuestros pensamientos, en las palabras. Aparece el sentimiento que no engaña, en lo que no puede plasmarse en fotografía, ni se comparte como comentario, en la turbulencia de explicaciones que recomiendan sobre que hay que hacer en esta situación, en las variadas opciones para informarnos.

La capacidad de construir una ficción, ingresaría en la posibilidad para despegarse de lo imposible de explicar porque no todo se responde, y en estas envolturas intentamos arrojar preguntas o incorporar creencias dentro de la complejidad del pensamiento, cuando alcanza.

Julián Barnes comienza su novela, La Única Historia,  con planteos irresolubles ¿Preferirías amar más y sufrir más o amar menos y sufrir menos? Creo que, en definitiva, esa es la única cuestión. Pero no consistirían en eso, únicas cuestiones, ni la vida humana, ni las posibilidades del análisis.

Como si hubiera únicas historias de vida, o como si alguien, noticias en internet, laboratorios, líderes mundiales, religiosos, dirigentes, videntes, filósofos ,científicos, supiera responder sobre cómo se siente amor, o como vivir amando o sufriendo. En el medio del exceso de presencias en los contactos tecnológicos, y dispositivos que nos acercan a los otros, a nuestra escucha analítica.

Experiencia enigmática la de continuar analizando en este tiempo, rompiendo con escenarios conocidos hasta ahora,  para montar en espejos negros , el encuentro con el otro, escuchar  a alguien, sujeto del inconsciente, a través del contacto disponible en transferencia. Momentos en los que no alcanzan los supuestos saberes acerca de los dispositivos actuales, o de los supuestos efectos pronosticados en catálogos de psicopatologías o estilos de vida en transformación. Y continuamos ofreciendo un lugar subjetivante. 

Entonces como si fuera poco,  la incertidumbre promueve  nuestra tarea analítica. Un poco de coraje precisamos para seguir trabajando, casi desafiando preguntas, en un atrevimiento para  respuestas, nos cruzamos entre análisis antes y ahora, con el encuadre interno del analista como para tolerar la movilidad de los cambios.
Abundan los no saberes. Estas son condiciones que nos asemejan en tanto analistas, entre quienes  iniciamos la tarea,  analistas en formación, y aquellos que llevan larga trayectoria clínica y teórica, en la transmisión del psicoanálisis. Como propone Facebook, Me Gusta y ahora agrega el Me Importa, voy a clickear por un espacio psicoanalítico, en la clínica, en las instituciones y en la comunidad,  donde habitemos en las diferencias y conservemos márgenes de lo que no se sabe, de lo nuevo por venir.

Ensayando sobre la clínica actual, en la continuidad del psicoanálisis, atravesando las pantallas y sosteniendo la escucha, intrépidamente juego a responder

¿A quién seguir? al inconsciente.

¿A quién creerle? al sufrimiento.

En transferencia con quienes nos preceden, psicoanalistas fundadores, maestros, pero construyendo nuevos pensamientos a partir de la demanda en la clínica actual.  Creer y seguir practicando un trabajo esencial, de analistas. 

Verónica Vigliano - Analista en formación en el Instituto de Formación de la Asociación Psicoanalítica de Córdoba

Encierros. por María Cristina Oleaga


         Encierros.


Por María Cristina Oleaga1

Afuera hay sol.
 No es más que un sol  
pero los hombres lo miran
y después cantan.
  (…)                                        
  “La Jaula”, Alejandra Pizarnik




La peste bubónica, siglos XII a XIV: encierro y aislamiento

“Durante la Peste Bubónica, los médicos usaban máscaras con apariencia de cabezas de aves para evitar el contagio. Llenaban el pico con especias y pétalos de rosas para no sentir el olor de los cuerpos que se pudrían. Una teoría de la época era que la plaga estaba causada por espíritus malignos. Para ahuyentarlos, se diseñaban esas máscaras intencionalmente con apariencia atemorizan- te.” Así describen, en un sitio histórico de Edimburgo2, a los médicos que visitaban a los contagiados. ¿Acaso no hay hoy versiones acerca de espíritus malignos que podrían haber fabricado e implantado el virus, hoy en Wuhan, para utilizarlo como arma económica? No sabemos si es así. Sí sabemos que somos buscadores de algún sentido que dé consistencia a nuestra fragilidad.
Los médicos medievales también vestían largas túnicas protectoras confeccionadas con cuero de cabra, así como guantes del mismo material. Asimismo, llevaban una varilla para mantener distancia- miento con los contagiados. El equipo sanitario viste hoy, como extraños astronautas, unos trajes de seguridad que ocultan sus rostros y nos recuerdan a los de los médicos durante la peste. Los motivos, desde luego, no provienen del pensamiento mágico sino del saber científico. Unos y otros provocan extrañeza y temor.
Una teoría más avanzada, siglo XVII, acerca de la peste ubicaba su causa en los miasmas3, de modo que las viviendas de los enfermos se fumigaban con sustancias perfumadas. Sin que se conociera el modo de propagación -en medio de ciudades sin agua corriente ni cloacas, en las que todos los desechos se eliminaban por las ventanas hacia las callejas cada noche al grito de “¡Agua va!”- algo en relación con la higiene les daba una pista. Estos recursos se acompañaban con una enérgica cuarentena que mantenía en aislamiento a los que se contagiaban, incluso muchas veces hasta su muerte. Así, para los más pobres que vivían hacinados, se construyeron, en Escocia por ejemplo, chozas alejadas de la ciudad en las que
se los mantenía en estricto encierro aunque se les brindaba alimento y visitas de salud.
La muerte, sin embargo, era el final más frecuente. Fue recién en el siglo XIX cuando se pudo aislar a la pulga de la rata negra como el transmisor de la peste. Había muerto un tercio o más de la población de Europa de aquellos siglos en que las ratas vivían entre la gente.
Sin duda hoy las condiciones no son comparables, salvo en cuanto  a las medidas que podemos tomar para obtener cierta seguridad. Se ha descripto al virus (SARS-CoV-2) como real sin ley que, por ello, nos deja sin recursos. Sin embargo, el virus tiene leyes, las que operan en la naturaleza -desconocidas por ahora- y los científicos están trabajando para descubrirlas y, así, encontrar remedios y vacunas que prevengan la enfermedad (COVID-19). Lo real sin ley es el real propiamente humano, el fuera de sentido. Mientras no sepamos ni cómo funciona, ni cómo prevenir o curar sus efectos, se instala -frente al virus- un fuera de sentido, la sensación de estar dentro de una película distópica. Prima la incertidumbre. El afuera peligroso despierta fantasmas, donadores de sentidos menos vacilantes. Los hay de todo tipo, en su mayoría persecutoria, angustiante. Ni siquiera el adentro ofrece garantías: no hay que enfermar ni accidentarse para no tener que recurrir a esos lugares peli- grosos en los que, nos avisan, los contagiados que mueren están solos. La cotidianeidad -el automaton- la rutina habitual, se ve trastocada por el azar impredecible -la tyche- súbito y contingente. El contagio, a pesar de toda precaución, puede producirse. Aparecen comportamientos solidarios la amenaza nos hermana- y de los otros -movidos por la desesperación- frente al desamparo provoca do por un peligro incierto. Del aplauso a los que van al frente, el equipo de salud, a echarlos del edificio o agredirlos físicamente parece haber un solo paso: es el miedo al contagio, que vuelve lobo al cordero, quien puede estigmatizar incluso a su cuidador. Para todos, higiene, encierro y aislamiento son la única posibilidad de alguna protección.
En Psicoanálisis, a pesar de los rasgos generales que acabo de dibujar, apuntamos a lo singular, al modo en que se tramita en este caso, para cada quien, esta cuarentena. Sorprende el encontrar, de este modo, las respuestas más variadas: desde la total prescindencia de quien está tan preocupado por sus pérdidas económicas que actúa como si esa fuese la única amenaza- hasta el pánico -del que se representa tan vulnerable que cualquier mínima modificación de su cuerpo lo hace sentirse contagiado- pasando por algunos que encuentran un gran bienestar al no tener que enfrentar la calle o al descubrir lo nuevo en actividades o en vínculos, sin olvidar a  los que encuentran que los lazos más cercanos estallan en la convivencia prolongada. Hay quienes encuentran refugio e ilusión de seguridad y certeza en el cumplimiento de los protocolos y hay los que sienten que con ellos se vulnera su independencia por no poder disponer de lo que se les ocurra ni hacer, a su manera, cada cosa.
No es casual, si tenemos presente la irrupción de sinsentido que conlleva la pandemia, que la religiosidad -en todas sus expresiones- encuentre eco en los sujetos. La religiosidad es dadora de sentido, aunque éste sea colectivo. Asistimos, los que trabajamos con estos agrupamientos, al florecimiento de grupos de riesgo, mal llamados sectas, cuya especialidad es la de dar sentido, supuesto amparo y cumplimiento de expectativas varias: crecimiento espiritual o material, vida saludable, curaciones mágicas y mucho más. También en encierro y aislamiento, gracias a la implementación de mecanismos de manipulación psicológica, se cumple la captación de adeptos y su separación de los ámbitos de origen.
Como otra lente, indulgente, entre las respuestas variadas a los cambios inéditos de vida aparece el humor que circula saludable- mente por las redes sociales. Es ya el dato que podemos festejar, habla de una posibilidad de elaboración, la que nos permite reírnos de nosotros mismos, Podemos seguir encontrando particularidades, ellas reflejan que los encierros son múltiples, hay tantos como los escenarios que plantean los fantasmas.
Nosotros analistas, que podemos seguir trabajando aunque no de modo presencial, escuchamos toda esa variedad e intervenimos conteniendo a los angustiados y, también, operamos con los que incluso en cuarentena pueden hacer el camino que venían dibujan- do previamente en sus análisis. Es la peculiaridad del Psicoanálisis atender a lo más íntimo. Por el contrario, los medios difunden estereotipos acerca de los modos en que el encierro afecta a los sujetos y dan supuestas recetas acerca del modo de conjurar esos males. Lo hacen tan enfáticamente que convocan a su público a comparecer fantasmáticamente allí donde los ubican: trastornados, deprimidos, ansiosos por salir, insomnes y así. Esta promoción llega a definir males irreparables que afectarían a los niños, a menos que se los deje, al menos, caminar algunas cuadras con alguno de sus padres. Si nos detenemos a pensarlo, es un disparate. Califican de traumático al encierro, con los padres, en su casa. Desde luego, no se están refiriendo a los chicos que no tienen casa y, en algunos casos, tampoco padres. Que todo esté circunscripto a una clase media encerrada dice bastante acerca del discurso mediático.
El Psicoanálisis no define al trauma desde fuera del sujeto, por la calidad o la contundencia del acontecimiento, sino desde la posibilidad o no de su tramitación. En el caso que nos ocupa, los niños en cuarentena, mucho dependerá de sus condiciones previas y -sobre todo para los más pequeños- de la posición de los adultos que los acompañen. El salir a dar una vuelta con sus padres, sin interacción con pares, sin salida del ambiente en el que transcurre su cuarentena, no determinará cambios significativos. Tramitar estímulos que podrían resultar traumáticos implica incluir su incidencia en un mundo de palabras, ligar esos contenidos y expresar los afectos que susciten. Pronosticar futuras catástrofes irreparables es desconocer el modo en que funciona el psiquismo infantil, su capacidad imaginativa y creativa, siempre que esos recursos no se vean aplastados por el uso indiscriminado de tecnología ni se encuentren empobrecidos por vínculos desamorados o perversos. En estos casos límite, una vuelta manzana nada podría resolver.
Freud, en El Malestar en la Cultura, describe una relación inversa entre dicha y seguridad. Hemos entregado, al someternos a las leyes de la civilización, una porción de libertad -en la vida pulsional- para obtener cierta seguridad4. Es cierto que los discursos que avanzan sobre las libertades frecuentemente dicen hacerlo en nombre de alguna seguridad y, sin embargo, pueden virar insidiosamente hacia el control y el autoritarismo. Hemos conocido, en el suburbio bonaerense, episodios de ensañamiento y represión policial, que -si bien se dan frecuentemente contra clases excluidas, llegando al crimen por gatillo fácil - dan cuenta de un Estado que, en esta cuarentena, desliza desde el cuidado hacia el autoritarismo feroz. En el caso de la cuarentena por el COVID 19, los protocolos y las restricciones que la acompañan se enmarcan en lo poco que se conoce del virus. Hay un límite impreciso y peligroso entre la seguridad relativa que brindan y las amenazas que comporta este nuevo estado social.
Es cierto que la pandemia ha puesto al descubierto un estado des- compuesto del capitalismo del que muy bien se han ocupado varios autores, entre ellos Bifo Berardi quien alienta a resistir el retorno a esa normalidad anómala. No sabemos si asistimos a una bisagra, no sabemos si la crisis dará lugar a una resistencia y a algo nuevo. Por ahora, sin embargo, no hay alternativa: encierro, protocolos de higiene y aislamiento son imprescindibles también contra esta nueva peste, aun cuando nada implique garantía.

1 María Cristina Oleaga es Licenciada en Psicología - Universidad de Buenos Aires. Formación de Posgrado: CIAP, Simposio del Campo Freudiano, Escuela de la Orientación Lacaniana. Miembro del staff de El Psicoanalítico. Trabajo institucional y privado en clínica psicoanalítica desde 1975. mcoleaga@elpsicoanalitico.com.ar
2 The Real Mary King's Cloose
3 Los miasmas, un descubrimiento importante para la epidemiología, eran el conjunto de emanaciones fétidas -tanto de los cuerpos enfermos como de los suelos y aguas impuras- que se suponían causa de enfermedad.
4 Freud, Sigmund. Obras Completas, Tomo XXI, El malestar en la cultura, Amorrortu Editores, Argentina, Pcia. de Buenos Aires, 1986. Pág. 112