viernes, 26 de junio de 2020

La formación en los tiempos del confinamiento por Carolina Glaser


La formación en los tiempos del confinamiento

La poesía es creación de un sujeto
que asume un nuevo orden de relación simbólica con el mundo (Lacan)




La irrupción inesperada de la pandemia del Coronavirus, esta intromisión real, masiva que cambió las coordenadas del mundo entero provocaron una desestabilización en el ordenamiento de las formas de vivir, de vincularse, de trabajar, de formarse…

A partir de la pérdida y los procesos de duelo puestos a elaborarla, se impone el deseo de producir nuevos ordenes simbólicos, una reconstrucción.

Como psicoanalistas, reconocemos el poder creativo de las palabras, la posibilidad de armar y rearmar mundos en el mundo. Según Lacan “El mundo es in-mundo… cada uno se construye su mundo”, búsquedas y encuentros de nuevos sentidos.

La formación en psicoanálisis ha requerido la puesta en juego de nuevas modalidades de delimitación de tiempos y espacios para la escucha, para la incorporación de modelos teóricos diversos, aprehendiendo lecturas, rememorando y actualizando saberes, utilizando nuevas tecnologías, la virtualidad para reasegurar los lazos y la conexión con otros para pensar en conjunto, invistiendo libidinalmente los encuentros.
Garantizando el trípode analítico, nos encontramos inmersos en las profundidades de las distintas líneas teóricas, dando cuenta del universo complejo, heterogéneo, relativo, diverso y plural del psicoanálisis. Acompañados en el sostén de nuestra práctica clínica con sus vicisitudes singulares y lo disruptivo del acontecer actual que también requiere de un movimiento y apuesta psíquica importante. Y el propio análisis sostenido desde la virtualidad, el corrimiento de los cuerpos y la intensificación de la escucha en un diván internalizado e “imaginarizado”.

El deseo y el intento de seguir pensando juntos, entramando y transformando lo incierto, lo enigmático y la angustia en conocimiento, serán motor de la continuidad.
  
Como contrapartida del confinamiento, entiendo al psicoanálisis como un absoluto permiso para la circulación: apertura de avenidas disponibles entre el adentro y el afuera, habilitando el ingreso y alojamiento de lo diferente, de lo múltiple, de lo diverso.

Los grandes cambios siempre vienen acompañados de una fuerte sacudida.

Los desarrollos y la creatividad de Freud estuvieron atravesados por dos guerras mundiales, incluyendo el peor holocausto de la historia de la humanidad. Salvando la enorme distancia social, política e histórica, podemos aventurarnos a hipotetizar que el desorden podría resultar en la emergencia, en su doble acepción: una situación imprevista que se debe solucionar y también como acción de emerger (algo nuevo) y potenciar la creación de redes, puentes, escaleras, balsas… para sortear el abismo y el vértigo del real que asoma. 

El psicoanálisis fue, es y será redes, puentes, escaleras, balsas… para quien lo pueda aprehender.

Carolina Glaser - Analista en formación en el Instituto de Formación Psicoanalítica de la Asociación Psicoanalítica de Córdoba 


A quien seguir, a quien creerle por Verónica Vigliano


A quien seguir, a quien creerle

Supongamos preguntas dirigidas a alguien quien responda aplacando la intranquilidad que nos atraviesa. Que aliviador seria encontrar una sentencia taxativa sobre la verdad de las cuestiones que producen sufrimiento.  

En estos tiempos, en el transcurrir de los días, en aislamiento, surge la necesidad de la certeza sobre un saber. Saber sobre un virus nuevo, bastante simpático cuando lo dibujan pero malísimo cuando se lo contrae. Saber sobre qué limpiar y con qué, o cómo protegerse. Saber cuándo y cómo atender las demandas de los sujetos en análisis. Saber, que improvisamos  en adiestramientos acelerados para utilizar medios tecnológicos y remotos de comunicación. Sumando aprendizajes,  dejamos atrás al terruño que habitábamos, arribando a otra realidad, donde brota la proliferación de formulación de teorías, protocolos de seguimientos, o cambios del lenguaje al nombrar objetos, situaciones. 

En las redes sociales, a quien seguir es un artilugio de enlaces entre usuarios que se ofrecen, para que uno con solo cliquear decida si esa persona visible en la foto subida como perfil, es alguien que quizás conozca y desde el momento que acepta una solicitud, pasamos a establecer contacto. Una nueva red social liga el encuentro con otro: contacto, amigos, conocidos, seguidores, variedad de reuniones, curiosos.

Pienso, durante la pandemia,  en ciertas particularidades de las relaciones humanas,  en las mixturas compuestas de soledad, persona, imagen persona- foto, miedos, pantalla-voz, comentarios, memes. En cómo se sumergen allí donde se difumina quien es el otro, detrás de aparentar contactos sin que nada se pierda.

Al seguir las redes creemos aproximarnos a quien es el que opina o postea esa imagen, cuáles son sus comentarios, si estará de acuerdo o no, por qué apoyaría ese movimiento social, que escribe en su muro y que dice cuando comenta, como se muestra en la foto subida,  que lugares visita, porque sigue a determinados famosos  o cuáles son sus grupos de pertenencia. Figuras del perfil,  virtualidad  en la cual proliferan las imágenes al compas de las palabras.

Cuando leemos se produce una superposición entre el autor, quien escribe, una persona, pero para creer el argumento se necesita pensar,  rastrear sobre lo narrado,  lo que sucede, los personajes caracterizados, los conflictos o si pudieran suceder de otras maneras. La palabra se desplaza hacia  recorridos, figurando múltiples tramas. Diferentes ficciones, en  las redes, en la literatura, en las series que vemos quedándonos en casa. Ficciones que acompañan la construcción de realidades a veces pintorescas, gratificantes, con versiones editadas, sin los rastros del malestar que se empeñan en incrustarse en el cuerpo, en los gestos, en nuestros pensamientos, en las palabras. Aparece el sentimiento que no engaña, en lo que no puede plasmarse en fotografía, ni se comparte como comentario, en la turbulencia de explicaciones que recomiendan sobre que hay que hacer en esta situación, en las variadas opciones para informarnos.

La capacidad de construir una ficción, ingresaría en la posibilidad para despegarse de lo imposible de explicar porque no todo se responde, y en estas envolturas intentamos arrojar preguntas o incorporar creencias dentro de la complejidad del pensamiento, cuando alcanza.

Julián Barnes comienza su novela, La Única Historia,  con planteos irresolubles ¿Preferirías amar más y sufrir más o amar menos y sufrir menos? Creo que, en definitiva, esa es la única cuestión. Pero no consistirían en eso, únicas cuestiones, ni la vida humana, ni las posibilidades del análisis.

Como si hubiera únicas historias de vida, o como si alguien, noticias en internet, laboratorios, líderes mundiales, religiosos, dirigentes, videntes, filósofos ,científicos, supiera responder sobre cómo se siente amor, o como vivir amando o sufriendo. En el medio del exceso de presencias en los contactos tecnológicos, y dispositivos que nos acercan a los otros, a nuestra escucha analítica.

Experiencia enigmática la de continuar analizando en este tiempo, rompiendo con escenarios conocidos hasta ahora,  para montar en espejos negros , el encuentro con el otro, escuchar  a alguien, sujeto del inconsciente, a través del contacto disponible en transferencia. Momentos en los que no alcanzan los supuestos saberes acerca de los dispositivos actuales, o de los supuestos efectos pronosticados en catálogos de psicopatologías o estilos de vida en transformación. Y continuamos ofreciendo un lugar subjetivante. 

Entonces como si fuera poco,  la incertidumbre promueve  nuestra tarea analítica. Un poco de coraje precisamos para seguir trabajando, casi desafiando preguntas, en un atrevimiento para  respuestas, nos cruzamos entre análisis antes y ahora, con el encuadre interno del analista como para tolerar la movilidad de los cambios.
Abundan los no saberes. Estas son condiciones que nos asemejan en tanto analistas, entre quienes  iniciamos la tarea,  analistas en formación, y aquellos que llevan larga trayectoria clínica y teórica, en la transmisión del psicoanálisis. Como propone Facebook, Me Gusta y ahora agrega el Me Importa, voy a clickear por un espacio psicoanalítico, en la clínica, en las instituciones y en la comunidad,  donde habitemos en las diferencias y conservemos márgenes de lo que no se sabe, de lo nuevo por venir.

Ensayando sobre la clínica actual, en la continuidad del psicoanálisis, atravesando las pantallas y sosteniendo la escucha, intrépidamente juego a responder

¿A quién seguir? al inconsciente.

¿A quién creerle? al sufrimiento.

En transferencia con quienes nos preceden, psicoanalistas fundadores, maestros, pero construyendo nuevos pensamientos a partir de la demanda en la clínica actual.  Creer y seguir practicando un trabajo esencial, de analistas. 

Verónica Vigliano - Analista en formación en el Instituto de Formación de la Asociación Psicoanalítica de Córdoba

Encierros. por María Cristina Oleaga


         Encierros.


Por María Cristina Oleaga1

Afuera hay sol.
 No es más que un sol  
pero los hombres lo miran
y después cantan.
  (…)                                        
  “La Jaula”, Alejandra Pizarnik




La peste bubónica, siglos XII a XIV: encierro y aislamiento

“Durante la Peste Bubónica, los médicos usaban máscaras con apariencia de cabezas de aves para evitar el contagio. Llenaban el pico con especias y pétalos de rosas para no sentir el olor de los cuerpos que se pudrían. Una teoría de la época era que la plaga estaba causada por espíritus malignos. Para ahuyentarlos, se diseñaban esas máscaras intencionalmente con apariencia atemorizan- te.” Así describen, en un sitio histórico de Edimburgo2, a los médicos que visitaban a los contagiados. ¿Acaso no hay hoy versiones acerca de espíritus malignos que podrían haber fabricado e implantado el virus, hoy en Wuhan, para utilizarlo como arma económica? No sabemos si es así. Sí sabemos que somos buscadores de algún sentido que dé consistencia a nuestra fragilidad.
Los médicos medievales también vestían largas túnicas protectoras confeccionadas con cuero de cabra, así como guantes del mismo material. Asimismo, llevaban una varilla para mantener distancia- miento con los contagiados. El equipo sanitario viste hoy, como extraños astronautas, unos trajes de seguridad que ocultan sus rostros y nos recuerdan a los de los médicos durante la peste. Los motivos, desde luego, no provienen del pensamiento mágico sino del saber científico. Unos y otros provocan extrañeza y temor.
Una teoría más avanzada, siglo XVII, acerca de la peste ubicaba su causa en los miasmas3, de modo que las viviendas de los enfermos se fumigaban con sustancias perfumadas. Sin que se conociera el modo de propagación -en medio de ciudades sin agua corriente ni cloacas, en las que todos los desechos se eliminaban por las ventanas hacia las callejas cada noche al grito de “¡Agua va!”- algo en relación con la higiene les daba una pista. Estos recursos se acompañaban con una enérgica cuarentena que mantenía en aislamiento a los que se contagiaban, incluso muchas veces hasta su muerte. Así, para los más pobres que vivían hacinados, se construyeron, en Escocia por ejemplo, chozas alejadas de la ciudad en las que
se los mantenía en estricto encierro aunque se les brindaba alimento y visitas de salud.
La muerte, sin embargo, era el final más frecuente. Fue recién en el siglo XIX cuando se pudo aislar a la pulga de la rata negra como el transmisor de la peste. Había muerto un tercio o más de la población de Europa de aquellos siglos en que las ratas vivían entre la gente.
Sin duda hoy las condiciones no son comparables, salvo en cuanto  a las medidas que podemos tomar para obtener cierta seguridad. Se ha descripto al virus (SARS-CoV-2) como real sin ley que, por ello, nos deja sin recursos. Sin embargo, el virus tiene leyes, las que operan en la naturaleza -desconocidas por ahora- y los científicos están trabajando para descubrirlas y, así, encontrar remedios y vacunas que prevengan la enfermedad (COVID-19). Lo real sin ley es el real propiamente humano, el fuera de sentido. Mientras no sepamos ni cómo funciona, ni cómo prevenir o curar sus efectos, se instala -frente al virus- un fuera de sentido, la sensación de estar dentro de una película distópica. Prima la incertidumbre. El afuera peligroso despierta fantasmas, donadores de sentidos menos vacilantes. Los hay de todo tipo, en su mayoría persecutoria, angustiante. Ni siquiera el adentro ofrece garantías: no hay que enfermar ni accidentarse para no tener que recurrir a esos lugares peli- grosos en los que, nos avisan, los contagiados que mueren están solos. La cotidianeidad -el automaton- la rutina habitual, se ve trastocada por el azar impredecible -la tyche- súbito y contingente. El contagio, a pesar de toda precaución, puede producirse. Aparecen comportamientos solidarios la amenaza nos hermana- y de los otros -movidos por la desesperación- frente al desamparo provoca do por un peligro incierto. Del aplauso a los que van al frente, el equipo de salud, a echarlos del edificio o agredirlos físicamente parece haber un solo paso: es el miedo al contagio, que vuelve lobo al cordero, quien puede estigmatizar incluso a su cuidador. Para todos, higiene, encierro y aislamiento son la única posibilidad de alguna protección.
En Psicoanálisis, a pesar de los rasgos generales que acabo de dibujar, apuntamos a lo singular, al modo en que se tramita en este caso, para cada quien, esta cuarentena. Sorprende el encontrar, de este modo, las respuestas más variadas: desde la total prescindencia de quien está tan preocupado por sus pérdidas económicas que actúa como si esa fuese la única amenaza- hasta el pánico -del que se representa tan vulnerable que cualquier mínima modificación de su cuerpo lo hace sentirse contagiado- pasando por algunos que encuentran un gran bienestar al no tener que enfrentar la calle o al descubrir lo nuevo en actividades o en vínculos, sin olvidar a  los que encuentran que los lazos más cercanos estallan en la convivencia prolongada. Hay quienes encuentran refugio e ilusión de seguridad y certeza en el cumplimiento de los protocolos y hay los que sienten que con ellos se vulnera su independencia por no poder disponer de lo que se les ocurra ni hacer, a su manera, cada cosa.
No es casual, si tenemos presente la irrupción de sinsentido que conlleva la pandemia, que la religiosidad -en todas sus expresiones- encuentre eco en los sujetos. La religiosidad es dadora de sentido, aunque éste sea colectivo. Asistimos, los que trabajamos con estos agrupamientos, al florecimiento de grupos de riesgo, mal llamados sectas, cuya especialidad es la de dar sentido, supuesto amparo y cumplimiento de expectativas varias: crecimiento espiritual o material, vida saludable, curaciones mágicas y mucho más. También en encierro y aislamiento, gracias a la implementación de mecanismos de manipulación psicológica, se cumple la captación de adeptos y su separación de los ámbitos de origen.
Como otra lente, indulgente, entre las respuestas variadas a los cambios inéditos de vida aparece el humor que circula saludable- mente por las redes sociales. Es ya el dato que podemos festejar, habla de una posibilidad de elaboración, la que nos permite reírnos de nosotros mismos, Podemos seguir encontrando particularidades, ellas reflejan que los encierros son múltiples, hay tantos como los escenarios que plantean los fantasmas.
Nosotros analistas, que podemos seguir trabajando aunque no de modo presencial, escuchamos toda esa variedad e intervenimos conteniendo a los angustiados y, también, operamos con los que incluso en cuarentena pueden hacer el camino que venían dibujan- do previamente en sus análisis. Es la peculiaridad del Psicoanálisis atender a lo más íntimo. Por el contrario, los medios difunden estereotipos acerca de los modos en que el encierro afecta a los sujetos y dan supuestas recetas acerca del modo de conjurar esos males. Lo hacen tan enfáticamente que convocan a su público a comparecer fantasmáticamente allí donde los ubican: trastornados, deprimidos, ansiosos por salir, insomnes y así. Esta promoción llega a definir males irreparables que afectarían a los niños, a menos que se los deje, al menos, caminar algunas cuadras con alguno de sus padres. Si nos detenemos a pensarlo, es un disparate. Califican de traumático al encierro, con los padres, en su casa. Desde luego, no se están refiriendo a los chicos que no tienen casa y, en algunos casos, tampoco padres. Que todo esté circunscripto a una clase media encerrada dice bastante acerca del discurso mediático.
El Psicoanálisis no define al trauma desde fuera del sujeto, por la calidad o la contundencia del acontecimiento, sino desde la posibilidad o no de su tramitación. En el caso que nos ocupa, los niños en cuarentena, mucho dependerá de sus condiciones previas y -sobre todo para los más pequeños- de la posición de los adultos que los acompañen. El salir a dar una vuelta con sus padres, sin interacción con pares, sin salida del ambiente en el que transcurre su cuarentena, no determinará cambios significativos. Tramitar estímulos que podrían resultar traumáticos implica incluir su incidencia en un mundo de palabras, ligar esos contenidos y expresar los afectos que susciten. Pronosticar futuras catástrofes irreparables es desconocer el modo en que funciona el psiquismo infantil, su capacidad imaginativa y creativa, siempre que esos recursos no se vean aplastados por el uso indiscriminado de tecnología ni se encuentren empobrecidos por vínculos desamorados o perversos. En estos casos límite, una vuelta manzana nada podría resolver.
Freud, en El Malestar en la Cultura, describe una relación inversa entre dicha y seguridad. Hemos entregado, al someternos a las leyes de la civilización, una porción de libertad -en la vida pulsional- para obtener cierta seguridad4. Es cierto que los discursos que avanzan sobre las libertades frecuentemente dicen hacerlo en nombre de alguna seguridad y, sin embargo, pueden virar insidiosamente hacia el control y el autoritarismo. Hemos conocido, en el suburbio bonaerense, episodios de ensañamiento y represión policial, que -si bien se dan frecuentemente contra clases excluidas, llegando al crimen por gatillo fácil - dan cuenta de un Estado que, en esta cuarentena, desliza desde el cuidado hacia el autoritarismo feroz. En el caso de la cuarentena por el COVID 19, los protocolos y las restricciones que la acompañan se enmarcan en lo poco que se conoce del virus. Hay un límite impreciso y peligroso entre la seguridad relativa que brindan y las amenazas que comporta este nuevo estado social.
Es cierto que la pandemia ha puesto al descubierto un estado des- compuesto del capitalismo del que muy bien se han ocupado varios autores, entre ellos Bifo Berardi quien alienta a resistir el retorno a esa normalidad anómala. No sabemos si asistimos a una bisagra, no sabemos si la crisis dará lugar a una resistencia y a algo nuevo. Por ahora, sin embargo, no hay alternativa: encierro, protocolos de higiene y aislamiento son imprescindibles también contra esta nueva peste, aun cuando nada implique garantía.

1 María Cristina Oleaga es Licenciada en Psicología - Universidad de Buenos Aires. Formación de Posgrado: CIAP, Simposio del Campo Freudiano, Escuela de la Orientación Lacaniana. Miembro del staff de El Psicoanalítico. Trabajo institucional y privado en clínica psicoanalítica desde 1975. mcoleaga@elpsicoanalitico.com.ar
2 The Real Mary King's Cloose
3 Los miasmas, un descubrimiento importante para la epidemiología, eran el conjunto de emanaciones fétidas -tanto de los cuerpos enfermos como de los suelos y aguas impuras- que se suponían causa de enfermedad.
4 Freud, Sigmund. Obras Completas, Tomo XXI, El malestar en la cultura, Amorrortu Editores, Argentina, Pcia. de Buenos Aires, 1986. Pág. 112





sábado, 2 de mayo de 2020

Coronavirus y producción de subjetividad por Marcelo N. Viñar

Yo y la humanidad ante lo inesperado

En los tiempos en que había tiempo para el hablar pausado y anodino, en una de las últimas charlas que tuve con mi padre anciano, apareció una frase cuyo añejamiento le dio valor testamentario. Solemnemente me dijo algo así: “yo fui un hombre previsor: siempre me preocupe de prever y preparar el mañana. Pero ese mañana casi nunca se ajustaba a mis predicciones, llegaba otro con sus sorpresas, buenas o malas… así que ya
no me animo a aconsejarte que seas previsor”.

Seguramente su condición de emigrante de tierras y culturas lejanas, sellaron una marca infantil de inseguridad o fragilidad donde germinó la formación reactiva de ser precavido.

Con ese legado, me puedo pensar llegando al think- tank sobre el futuro del psicoanálisis habiendo cursado una vida cuya lógica y empeño fuera eficaz para situarme en el costado disfrutable de la condición humana, evitando los abismos de la precariedad y la exclusión, el desempleo y la marginalidad.

Llegando sanos y salvos a la recta final, el Covid19 irrumpió en nuestras vidas, cancelando hábitos, anhelos y proyectos, que habíamos diseñado y trabajado para el año en curso, por añadidura, estamos inscritos en la franja etaria de más alto riesgo, lo que subraya el acatamiento a la única medida que se ha reconocido como eficaz y operante para disminuir el contagio: la cuarentena y el confinamiento social. De allí la buena ocurrencia de Jonathan Sklar, de escribir para mitigar el aislamiento, testimoniando la experiencia que estamos viviendo, espontáneamente y en caliente.

Badiou llama acontecimiento al evento que descarrila lo esperable y que nos obliga a inventar y diseñar otros itinerarios de vida. Aprender dice Heidegger no es informar a alguien de algo que antes no sabía, sino hacer de él alguien que antes no existía. El enamoramiento, el nacimiento de un hijo, son modelos universales de esta experiencia. La prisión en dictadura y el exilio fueron para mi experiencias de ese tipo, supongo que la irrupción de una enfermedad grave puede agregarse a la lista.
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El aislamiento social es una necesidad imperiosa y una dolorosa experiencia, nos empuja a la condición de los leprosos de la edad media, el precio para preservar la salud nos mutila en lo más humano de la condición humana, nuestra condición de seres relacionales. Tal vez para los jóvenes, los nativos de la revolución digital, el cambio de códigos resulte menos violento. En lo que me es personal, el encuentro virtual es radicalmente diferente al encuentro presencial. Pero si no hay pan buenas son tortas, y hoy gracias a la informática podemos estar menos solos que antaño.
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La primera reacción a la epidemia es egoísta, autorreferente, como concebida por un ser diabólico para interrumpir anhelos y proyectos, los que había emprendido para sentirme vivo.

Entre negaciones y desmentidas, sabemos que envejecer y morir son parte de la vida, pero esta experiencia como el amor- se conjuga en singular. La pandemia viene a abatir esa singularidad y nos sumerge en lo masivo, en ser un número anónimo y viene a robarme mi singularidad, por lo menos a diluirla.

Casi de inmediato brota la vergüenza por el egocentrismo, bochorno por sentirse único y (privilegiado) en la abolición de la dimensión colectiva de un traumatismo histórico… Luego de un corto silencio convocamos a la humanidad como remedio reparador del repugnante egocentrismo. Tengo casa, alimentos, libros, dinero, para transitar la tragedia, donde hay millones de congéneres que carecen de lo que yo dispongo. El consuelo es necesario, pero a poco de navegar en él se vuelve abrumador cuando la humanidad se hace presente en su descomunal y oprobiosa desigualdad, que la pandemia subraya.

Entiendo que el confinamiento no es lo mismo en la favela que en una casa confortable, pienso en los carteles de los barrios pobres de Bolivia en dictadura, escribiendo carteles y gritando “mejor que nos mate el virus y no el hambre” ¿Cómo conjugar la mirada hacia lo íntimo y hacia el mundo sin caer en la cursilería del humanismo?
Dado que la diversidad humana es infinita, cada quien tiene derecho a su versión.

Como dice Bifo Berardi en la compilación titulada la Sopa de Wuhan, la experiencia extrema de la pandemia va a dejar marcas imborrables en la aldea planetaria y es de presumir que esta no será la misma antes y después de la experiencia extrema, “la gripecita de Jair B”, va a dejar sus huellas hondas.

Dejo a politólogos y sociólogos el análisis de los fenómenos en curso que obligan a repensar los daños de una economía extractiva y siempre en expansión y su sustitución por el difícil equilibrio entre ecología y economía sustentable.

Leí que los epidemiólogos piensan que las génesis de las últimas pandemias se pueden atribuir a una conjunción de factores humanos, una demografía y una economía siempre en expansión que destruye bosques en su diversidad ecológica para fomentar la producción agrícola y el crecimiento exponencial de grandes urbes que apretujan millones de habitantes en escaso espacio. Dejo este saber especializado para los epidemiólogos, virólogos, politólogos y economistas. Volvamos al campo específico de construcción de
subjetividad. En su Vigilar y Castigar Michel Foucault nos da algunas pistas o andariveles, la escuela, la fábrica, el hospital, el manicomio, como espacio o escenarios comunes que sentencian lo uniforme, pensar consiste en romper esa barreara de la uniformidad y asumir los límites y dolores del encierro, y hacer con este elaboraciones creativas.

La experiencia del tiempo real y vivencial del confinamiento es más lenta. Entre el deleite y el aburrimiento nos damos cuenta hasta qué punto éramos adictos a ritmos epilépticos que nos devoraban y ahora recuperamos momentos de silencio y soledad.

Aunque la lectura, la música y el cine nos acompaña - viva la modernidad- el analgésico no nos calma el total de lo perdido, prohibido acercarse, abrazarse, besarse, sobre todo con los seres queridos. Allí evocamos la reflexión de Walter Benjamin: compartir experiencias y vivencias y narrarlas es tan necesario para el alma como beber y comer para el cuerpo carnal.

Tal vez ha llegado el momento en este psicoanálisis del siglo XXI, de no enclaustrarnos en el mundo de objetos internos que funda la realidad psíquica y abrirnos a la multideterminación de realidades culturales y sociopolíticas, manteniendo las aduanas entre ambos registros.

Marcelo N. Viñar, psicoanalista, Asociación Psicoanalítica de Uruguay, autor de numerosos artículos y libros, marzo 2020

miércoles, 22 de abril de 2020

Coronavirus: por qué necesitamos teorías conspirativas por Mariano Horenstein


¿Qué pueden tener en común quienes descreen de la llegada del hombre a la Luna con quienes juran que la tierra es plana o aquellos que dan fe de una conspiración judía o masónica internacional para apropiarse del mundo, o los que están convencidos que Elvis Presley fingió su propia muerte?

En las últimas semanas, rumores excéntricos sobre el origen del coronavirus inundaron las redes sociales: éste podría ser un accidente de laboratorio, un efecto premeditado en una contienda global, una revancha de la naturaleza o un castigo divino. O todo eso a la vez.
Si las teorías más o menos disparatadas que se conocen como conspirativas aparecen una y otra vez -esparciéndose viralmente también- habrán de responder a alguna intensa necesidad humana.

Una crisis como la que atravesamos, con media humanidad encerrada y jaqueada por un minúsculo virus, sirve de caja de resonancia y acelerador de opiniones que pretenden dar sentido a la pandemia: proveer respuestas allí donde solo hay preguntas.

Si un saber -siempre provisorio- necesariamente debe someterse a la prueba de la evidencia o de la experiencia, la certeza en cambio transforma una intuición o creencia en una convicción irrevocable. Hoy sobran los ejemplos de ello, sea en las llamadas teorías conspirativas como en la proliferación en redes sociales de las “fake news”.
Así como una persona obsesiva encuentra rituales privados para contrarrestar “malos pensamientos”, la fe religiosa -cualquiera- provee esos mismos rituales de modo normatizado y colectivo. Del mismo modo, allí donde un paranoico construye una visión delirante a partir de la cual todo -hasta el detalle más nimio y razonable de su realidad- puede cobrar un matiz persecutorio, una conspiración convierte esa sospecha privada en recelo compartido.

Tanto el ritual religioso como la conspiración funcionan como respuestas colectivas frente a la angustia que causa lo incierto. Ambas formas comparten una matriz común: la presencia de una certeza más emparentada con el saber delirante o el pensamiento mágico que con la razón. Una teoría conspirativa entonces, pese a su pretensión racional, está más emparentada con un culto religioso que con un saber científico.

No es sencillo soportar la incertidumbre, y menos aún la inermidad, de la que la incertidumbre es apenas una de sus manifestaciones. En nuestra especie, mal que nos pese, no existen garantías, ni siquiera la de la supervivencia. Todos vivimos de algún modo a la intemperie. Esa sensación de desamparo es una de las fuentes que impulsan la creación de relatos improbables que buscan ordenar y dar sentido a una novedad que nos sorprende y angustia.

Cada vez que una respuesta no calme nuestra incertidumbre, reaparecerá el desamparo inevitable, ése que ratifica que la infancia y sus reaseguros imaginarios han quedado atrás.

Una teoría conspirativa maniobra para satisfacer una necesidad doble, y allí radica uno de los secretos de su eficacia: por un lado, dota de cierta lógica algo que aparece sin sentido; por otro lado, sindica a responsables allí donde no los hay. Son respuestas precarias, improbables y falsas, pero en tanto son respuestas, alivian. No hay nada más difícil que soportar la falta de respuestas. Tampoco es sencillo desarrollar la tolerancia suficiente para que las preguntas encuentren respuestas razonadas y medianamente comprobables.

Hay aún una tercera manera en que una teoría conspirativa encuentra eco y se propaga, y es la del efecto de identificación que posibilita. A partir de adherir a tal o cual hipótesis de complot, una secreta comunidad se trama. Ese saber “esotérico” distingue a un grupo -más allá de su dispersión geográfica, de clase o de lengua- y los diferencia del resto de la comunidad, que a su juicio prefiere ignorar la supuesta verdad que se ha logrado revelar. El efecto identificatorio posibilitado en este caso por la autoexclusión del rebaño de los crédulos, pareciera dotar a los “iluminados” de un aura que los distingue, lo que es una fuente no menor de satisfacción narcisista.

Ahora bien, un esbozo de disección de una teoría conspirativa sería rudimentario si no incluyera a quienes sacan rédito de ella. Una teoría imaginaria puede tener efectos reales, tan reales como posibilitar la elección de un presidente o la caída de otro, desencadenar un genocidio o una guerra. Las teorías conspirativas suelen sindicar responsables -generalmente extranjeros, para preservar el propio confort- al mismo tiempo que dejan en las sombras a quienes se benefician de esa segregación siempre a mano. Es diferente la posición de quienes creen ingenuamente en conspiraciones de la de quienes hacen un uso perverso de esa labilidad, proclamando conjuras frente a las cuales solo líderes esclarecidos sabrían defendernos.

No hay mejor modo de mentir que hacerlo con elementos familiares, incluso verdaderos. De ese modo, como en un delirio persecutorio, hay siempre un punto razonable y verosímil en la conspiración que se denuncia. Y por supuesto que existe siempre una trama de intereses opacos, una estructura económica determinante, una geopolítica que nos trasciende y que a menudo constituye un núcleo de verdad tras muchos disparates.
Las teorías conspirativas encuentran suelo fértil en la variedad de prejuicios que caracteriza a nuestra especie, fundados a su vez en nuestra proverbial intolerancia a la diferencia. Se tiende más a creer lo que certifica nuestro prejuicio, lo que nos da una versión ordenada del mundo, y una conspiración lo es. Una vida crédula parece para algunos preferible a una vida en la que tengan lugar la incertidumbre de vivir, la amenaza de la enfermedad y una única certeza, la de la muerte que en algún momento inevitablemente llegará.

Aun cuando se regodeen en argumentos paracientíficos -las redes 5G o la guerra bacteriológica - o político-económico -la escalada en la ofensiva comercial entre China y EEUU- las teorías conspirativas se hacen más inteligibles en el terreno de la creencia religiosa: el ejercicio de seleccionar y descartar argumentos sin el esfuerzo de comprobarlos.

La angustia frente al no saber requiere un trabajo psíquico considerable. Si un manipulador -de la política, de las redes o de los medios- ofrece un saber alternativo, una prótesis que pretenda cegar ese pozo ominoso de la incertidumbre, encontrará legiones de personas dispuestas a creerle.

Solo que nuestra frágil especie, junto a la credulidad y las certezas absurdas, posee también su antídoto, el pensamiento crítico, eso que Hanna Arendt llamaba el “pensar por uno mismo”. Aun cuando eso implique sostener preguntas sin respuesta.

Mariano Horenstein, psicoanalista. Director del Instituto de Formación Psicoanalítica de la Asociación Psicoanalítica de Córdoba

miércoles, 8 de abril de 2020

Distraerse en la cuarentena. Netflix y la serie Freud por Mariela Errasti

Tiempo atrás  la plataforma Netflix anuncia una serie intitulada “Freud”, que será  totalmente realizada en Austria, despertando el interés, no solo en la comunidad psi, sino también en aquel público interesado en quien fue un pensador central del siglo XX.

Hace pocos días se estrenó, y los comentarios redundan en que es una serie de terror y “que nada tiene que ver con Freud. Podemos coincidir.

 Pensador sobre el que se han escrito más de una decena de biografías, podríamos haber supuesto una serie sobre su vida, una reactivación de rumores con su cuñada, (nunca confirmados, por cierto), o la epopeya de fundar una nueva disciplina y las relaciones complejas y apasionadas con sus colegas, la creación de la sociedad de los miércoles, sus ideas, sus disputas con Adler o Jung, o su vejez que no solo le depararon un brutal cáncer sino  la emigración del nazismo, lograda por persuasión de la princesa Marie Bonaparte y Ernest Jones , que le evitó el trágico final, que sí, sufrieron sus hermanas víctimas del holocausto.

Pero no… el guionista, (que si leyó varias biografías), eligió el personaje Freud y elaborar una ficción. Uno hubiese  encontrado  más pertinente  que la serie se llamase,  Kraff- Ebing, quien si fue psiquiatra (Freud jamás fue psiquiatra, fue neurólogo antes de ser psicoanalista) y publicó estudios como “Fundamentos de psicología criminal para juristas (1882) Psychopatía sexuales (1886) “Estudios experimentales sobre el dominio de la hipnosis” (1889) Psychoses menstrualis (1902) pero claro…. ése apellido no vende….

Un colega, poco enojado, se  quejaba  diciendo lo lejos  que se ponía Freud con respecto a todo tema referido al ocultismo, y mucho más la brujería y los ritos satánicos… Sin embargo, y no para defender a nuestro maestro, (que no necesita defensa), podemos recordar  algunos elementos biográficos  que conocemos, y en los que se inspiraron los autores para crear esa ficción.  (De paso nos entretenemos en esta pandemia…)
Freud.

Si buscásemos en que momento de la vida de Freud ha querido situarse la ficción de la serie, sin lugar a dudas es cuando Freud inicia tres  años de residencia hospitalaria en el Hospital General de Viena.

Freud inicia sus estudios de medicina en 1873 y los finaliza en marzo de 1881. Al egresarse trabaja seis años en el laboratorio de Brucke,  (a quien reconocía como admirado maestro) que enseñaba fisiología y “anatomía superior” (como denominaban a la histología.) aquí conoció al Dr. Josef Breuer, colega que le estimulaba, amigo paternal que lo ayudará económicamente en los últimos tiempos de la residencia,(cosa que no se priva la serie en mostrar) y que también compartirá la historia de la extraña enfermedad de una joven, conocida con el seudónimo de Anna O. pero que la serie menciona con su verdadero nombre de Berta Pappenheim.

Marta Bernays.
Según Ellenberger[1], Freud conoció a Marta Bernays y se comprometió con ella en junio de 1882. Siguiendo la costumbre de época, el matrimonio solo tenía lugar cuando se había conseguido una prospera situación financiera. Así es que Freud debe apuntalar su carrera y abandona el laboratorio para realizar residencia en el mencionado Hospital General de Viena.

 La serie destaca a Eli, casado con su hermana Anna, quien en la ficción lo amenaza ante ser testigo de una supuesta amante, pues Eli no es solo su cuñado sino ¡hermano de Marta! Pero abandonemos los chismes y sigamos…

En aquellos años, Viena, era una encumbrada y destacada capital europea. El hospital era muy prestigioso, cada jefe de departamento era una celebridad médica. Pero el salario de residente era muy bajo, y Freud, enamorado, estaba urgido por mejorar su situación.

Theodor Meynert.

 En el hospital rotó por diferentes servicios: 2 meses en el departamento de cirugía , 6 meses a las órdenes de un  destacado internista llamado Nothangel, y el 1 de mayo de 1883 fue nombrado Sekundararzt   en el departamento de psiquiatría, dirigido por el ilustre Theodor Meynert. Solo estuvo allí 5 meses. Ningún registro de esa lucha que muestra la ficción… todo lo contrario. De hecho,  continuó su residencia en el departamento de Neurología, donde Freud dice haber adquirido una importante experiencia clínica con pacientes neurológicos. En la serie se muestra como Freud se interesa por paciente que presenta una parálisis, parálisis que bajo hipnosis no está… o sea...una parálisis funcional… pero por ese entonces Freud se dedicaba a la neurología.

Una digresión antes de seguir por aquí: Cocaína.

Ávido de  un descubrimiento que lo llevara rápido  a mejorar su situación financiera, (ya que Freud quería casarse con Marta) en 1883, a partir de un artículo publicado por el Dr. Aschenbrandt que destacaba el interés de la cocaína, el alcaloide de la coca, Freud experimentó en sí mismo  la sustancia supuestamente inofensiva, que encontró eficaz contra la fatiga y los síntomas  neurasténicos. Afirmó que se podía utilizar como estimulante, como afrodisíaco, contra los desórdenes estomacales, la caquexia, el asma y para la eliminación de los síntomas dolorosos que acompañaban la retirada de la morfina en los adictos a esa sustancia. La había aplicado a su amigo Fleischl, el cual debido a una severa neuralgia, se había vuelto morfinómano. El tratamiento trastocó una adicción por otra.  Siguieron investigaciones sobre su uso anestésico en el ojo, pero fue otro médico el que se lleva los elogios. Poco tiempo después Albrecht Erlenmeyer publicará un trabajo que destaca la adicción que produce la cocaína y quedaran en el olvido esas investigaciones, sin pasar antes por verdaderos disgustos…

Histeria, trauma, sonambulismo.

En la serie son los títulos de los 3 primeros capítulos, en la vida de Freud es… Charcot.
Mientras realizaba la residencia solicitó a la Universidad de Viena una beca de estudios. Gracias a la buena intervención de sus maestros, (¡incluido Meynert!), la beca le fue otorgada.  Y allí partió Freud a Paris a tomar clases con Charcot. La pasantía no sobrepasó los 4 meses, pero el impacto fue crucial. Según Strachey[2] es en La Salpetrière donde Freud, fascinado, desplaza su interés  por la neuropatología a la psicopatología.

Así se lo cuenta en una carta a su Martha: “Tengo la impresión de que estoy cambiando mucho. Te contare en detalle lo que me está sucediendo. Charcot, que es uno de los más grandes médicos y un hombre de una sensatez genial, esta sencillamente desbaratando  todos mis objetivos y opiniones. A veces salgo de sus clases como de Notre-Dame, con una idea totalmente nueva de la perfección. Pero me deja exhausto; después de estar con él ya no tengo deseo alguno de trabajar en mis tonterías. Hace 3 días que no hago nada y no tengo por ello ningún remordimiento. Mi cerebro se queda tan saciado como tras una velada de teatro. No sé si esta semilla dará fruto, pero si puedo afirmar que ningún otro ser humano había causado jamás tan gran efecto sobre mí…”

Freud traducirá 2 libros de Charcot y escribirá su necrológica en 1893.

Charcot.

En dicho escrito, es Freud quien relata como Charcot fue consagrando su exclusivo interés en las histerias. “Esta, la más enigmática de las enfermedades nerviosas, había caído por aquella época en un total descrédito, que se extendía tanto a las enfermas como a los médicos que se ocupaban de ella. En la histeria, se decía,  todo es posible y ya no se quería  creer nada a las histéricas. El trabajo de Charcot le devolvió dignidad al tema. El sostuvo, con el peso de su autoridad el carácter autentico y objetivo de los fenómenos histéricos, homenajeando y repitiendo la hazaña de Pinel, retrato presente en la sala de La Salpetrière. Charcot se preguntaba: ¿a qué se debe que el histérico caiga preso de un afecto sobre cuyo ocasionamiento afirma no saber nada? Allí comenzó a pensar en una escisión de la conciencia, como solución al enigma (concepto que la serie la pone en boca del personaje Freud en repetidas ocasiones) y dice Freud al respecto: “Charcot dio un paso más allá, y que le asegura para siempre la fama de ser el primero en explicar esta enfermedad: empeñado en el estudio de las parálisis histéricas que se generan después de traumas, se le ocurrió reproducirlas artificialmente luego de haberlas diferenciado de las parálisis orgánicas, poniendo en estado de sonambulismo, mediante el uso de la hipnosis. Consiguió demostrar, con un razonamiento sin lagunas, que esas parálisis eran consecuencias de representaciones que en momentos de particular predisposición  habían gobernado el cerebro del enfermo. Así quedaba esclarecido por primera vez el mecanismo de un fenómeno histérico”. Evidentemente el guionista leyó este artículo…. Pero presten atención al siguiente párrafo…  “Y esta magnífica pieza de investigación clínica fue retomad después por su discípulo Janet, así como pro Dr. Breuer y otros, para esbozar una teoría de las neurosis que coincide con la concepción medieval tras sustituir por una fórmula psicológica el “demonio” de la fantasía eclesiástica[3].

Bueno, suficiente hasta acá. Lo próximo vendrá… en el siguiente capítulo de la serie.
Ojala los haya entretenido con estos comentarios, a mí me permitieron, olvidarme por un rato de la pandemia.

Cariños.
Mariela Errasti, psicoanalista. Analista en formación de la Asociación Psicoanalítica de Córdoba

Bibliografía:
-El descubrimiento del Inconsciente. Historia y evolución de la psiquiatría dinámica. Henri Ellenberger. Edit. Gredos. 1976.
-Freud: en su tiempo y en el nuestro. Elisabeth Roudinesco. Edit. Debate. 2015
-S. Freud. Obras completas:
Tomo XXIV. Índices y bibliografía.
Tomo I: publicaciones pre psicoanalíticas.
Tomo III: Primeras publicaciones psicoanalíticas: artículos: Charcot. 1893.






[1] - Biógrafo de Freud. El descubrimiento del Inconsciente. Historia y evolución de la psiquiatría dinámica. Henri Ellenberger. Edit. Gredos. 1976.
[2] -S. Freud. Obras completas. Charcot. Tomo 3. Pag.10. Amorrortu editores.
[3] - Ídem. Pág. 22- 23 y siguientes.

Hay más luz cuando alguien habla por Alejandra Giraldez


La importancia de la voz y la palabra en tiempos de coronavirus


Una medida de cuidado, de sobrevivencia y de protección en estos tiempos es el aislamiento de los cuerpos.  Los seres humanos tenemos muchos modos de establecer comunicación. Sin embargo, para muchas personas es imprescindible que los modos más primitivos de comunicación estén presentes para poder establecer un lazo con el otro. Desconocemos la dependencia que tenemos de ellos y muchas veces su “falla” produce actos que llevan a la interrupción del encuentro con el otro.  Justificaciones varias rellenan esa acción , “no lo vi más porque no me gustó”, “voy a esperar para continuar mi terapia cuando esto pase”, “no estaba cómodo” suelen ser argumentos que velan otras razones, que tienen que ver con aquella historia que marcó nuestras preferencias.

La presencia física, el contacto, la mirada y la voz son, en su conjunto, modos en los que establecemos lazos imprescindibles para nuestra supervivencia emocional. Sabemos que ese largo período de dependencia del otro ser humano nos constituye como tales, y en esos comienzos de nuestra vida psíquica, cuando algunos de estos modos de comunicación fallan o están ausentes, causan los estragos más grandes en nuestro mundo psíquico y en nuestras relaciones. Si no somos sostenidos en nuestros primeros tiempos, si no somos mirados en un ritmo de presencia-ausencia adecuado, la angustia y el temor serán compañeros de muchos momentos de nuestra vida.

En esta circunstancia actual, la interrupción de algunos de esos modos de comunicación constituye el cuidado de la vida y no el abandono o la ignorancia del ser del otro.  Los pacientes ya no pueden seguir la rutina de venir a los consultorios a buscar su espacio para reencontrarse con su palabra. Su efecto es que la presencia física y la mirada del otro exogámico ya no se encuentran con facilidad. Como modo de defensa, en vez de aceptar los modos de conexión propuestos (llamadas telefónicas, vídeo llamadas) la acción suele ser interrumpir su tratamiento hasta que las condiciones mejoren, lo que los preserva de reeditar aquellas falencias inscriptas en nuestro psiquismo, las que obviamente tememos reencontrar. Así, muchos profesionales de la salud mental hemos percibido cómo les cuesta a nuestros pacientes continuar con sus terapias vía online. Muchos de ellos a veces no pueden explicar por qué, pero la posibilidad de la interrupción de ese momento donde la presencia física, la mirada, el saludo ya no está, evidencia que para algunos se vuelven aspectos imprescindibles, los únicos que verdaderamente garantizarían que hay alguien que los puede escuchar verdaderamente. Para muchos pacientes, el analista que espera el llamado no es el mismo que el analista que recibe con su presencia en el consultorio. Son momentos de trabajar estos aspectos, de ayudar a que los pacientes encuentren en la voz del analista la garantía de la continuidad. No son momentos de quedarse en soledad. Como nos enseñó aquel niño que Freud compartió en sus textos, hoy más que nunca tenemos que permitir que sea posible que la palabra circule, para que todo sea menos oscuro.

Alejandra Giraldez, psicoanalista – Analista en formación de la Asociación Psicoanalítica de Córdoba