lunes, 20 de julio de 2020

El malestar en la cultura por Mariano Horenstein


(nota publicada en Babelia, suplemento cultural del diario El País de Madrid, el 26 de junio de 2019)

Exactamente un siglo atrás, Freud escribía al pastor Oskar Pfister: “la evidente brutalidad de nuestros tiempos pesa sobre nosotros”. Su adorada hija Sophie acababa de morir víctima de una peste, la mal llamada gripe española.

Diez años después publicaba El malestar en la cultura, un libro menospreciado como un texto más sociológico que psicoanalítico, meras especulaciones del estilo tardío del maestro vienés.

En ese texto Freud, como haría Walter Benjamin otros diez años más tarde, anunciaba de algún modo el lado B de la cultura, su cara oscura. Mientras el filósofo desnudaba el reverso de barbarie que anidaba en todo documento de cultura, el psicoanalista diseccionaba el mecanismo gracias al cual el descontento y la insatisfacción eran una consecuencia necesaria y no aleatoria de la naturaleza cultural de nuestra especie.

Freud tenía con la lengua alemana -al igual que Benjamin y Kafka- un vínculo que la subvertía desde la impronta de su judaísmo laico, una relación tensa e incómoda que subrayaba su radical extranjería frente a la cultura que habitaban. Quizás ese modo extranjero de pensar fuera lo que les permitió la distancia justa para pensar más allá de aquellos demasiado imbuidos de su pertenencia cultural.

El malestar en la cultura fue publicado en un contexto que justificaba el pesimismo -o el crudo realismo- que lo había alumbrado: la crisis económica se generalizaba y la bolsa de Nueva York caía mientras Freud entregaba su manuscrito al editor. En Europa, Hitler iniciaba su vertiginoso ascenso.

En ese texto sombrío y a la vez luminoso, Freud describía tres fuentes del sufrimiento que nos acicateaba: las debilidades de nuestro cuerpo, el carácter indomeñable del mundo exterior, (el infierno de) los otros.

Y a la vez detallaba las estrategias de las que nos valíamos para dar cuenta de nuestra intemperie, desde la huida radical de la realidad encarnada en la psicosis, pasando por el consumo de tóxicos u otros quitapenas para hacerla soportable, hasta el precio que pagamos la mayoría por nuestra naturaleza cultural, la neurosis nuestra de cada día.
¿Cuánto permanece de todo aquello noventa años después?

Ya antes de la pandemia, nuestra especie se encontraba en medio de una mutación fenomenal, convirtiéndose en digital cuando antes era analógica, desligando las identidades sexuales de sus enclaves corporales o pensando nuevos modos de agrupamiento familiar frente a los cuales los modelos de un siglo atrás tenían en común apenas el nombre. Donde antes había represión victoriana hoy hay un libre juego en torno a lo sexual, donde a menudo se impone un mandato inverso: el de gozar de todo, a como dé lugar.

Los tóxicos que Freud podría haber imaginado mientras escribía -absenta, opio, hashish- resultan rústicos ensayos frente las eficaces drogas de diseño o los ansiolíticos de uso diario naturalizados en nuestra cultura. La cocaína -en la que Freud mismo fue pionero en su afán de descubrimientos- ha hecho también su camino.

Los grandes relatos que ordenaban el mundo en la escena de escritura del Malestar han cambiado también… ¿tanto? El marxismo en tanto práctica política ascendente -cuestionado por Freud- se ha estrellado, pero proyectos populistas de derecha e izquierda se enseñorean en las democracias occidentales. Mientras tanto, el cristianismo hegemónico en Europa ha dado lugar a una mayor dosis de laicismo pero también a su contracara, el resurgimiento de corrientes fundamentalistas de variado pelaje. La severa Depresión a la que se encaminaba el mundo en 1930 quizás no sea demasiado distinta de la que pareciera aguardarnos cuando la pandemia sea cosa del pasado.

En la escritura del Malestar estaban presentes los estragos de la peste o los de la Gran Guerra. Hoy nos ocupa otro virus, pero los conflictos de baja intensidad donde los drones han reemplazado a la infantería y los misiles a los gases tóxicos probablemente den lugar a fenómenos como los que Benjamin describiera en los soldados que venían del frente, mudos, incapaces de poner en palabras su experiencia. No solo se derrumbaba Wall Street, sino la misma noción de experiencia, ésa que el psicoanálisis rescataba hasta hacer corazón y hueso de su práctica.

Sí ha mutado la cultura quizás, haciéndose más refractaria al malestar. Un paradigma de las superficies ha desplazado al de la profundidad (y recordemos que el psicoanálisis surgió asimilado a una psicología de las profundidades) mientras la nuevas generaciones se extrañan de los morosos hábitos de la lectura o la disciplina del pensamiento. Donde antes había preguntas proliferan respuestas que prometen curas milagrosas a la incertidumbre; donde antes lo fallido gozaba de cierto prestigio, hoy nos afanamos en cegarlo con objetos de consumo; mientras antes había lugar para la palabra extranjera, hoy la xenofobia no cesa de crecer.

Pese a eso, el desajuste radical que nos habita en tanto miembros de la especie humana, el precio que pagamos por ser sujetos del lenguaje y la cultura, no ha variado en verdad demasiado. Se añora, eso sí, un espacio que rescate la fertilidad del malestar, ése que podría hacer nuestras vidas más vivibles y nuestros tiempos menos brutales. 
   
Mariano Horenstein, psicoanalista. Director del Instituto de Formación Psicoanalítica de la Asociación Psicoanalítica de Córdoba


miércoles, 1 de julio de 2020

De templos a continentes ... del diván a lo virtual por Claudio Perusia


Entre los años 541 y 543 la pandemia de Justiniano afectó al Imperio Romano de Oriente o Imperio Bizantino, incluyendo a la ciudad de Constantinopla y otras partes de Europa, Asia y África. Se estima que, entre 541 y 750, la población mundial perdió entre 25 y 50 millones de personas.

La peste negra o muerte negra se refiere a la pandemia que afectó a Eurasia en el siglo XIV y que alcanzó un punto máximo entre 1347 y 1353.

La Gripe Española mató entre 1918 y 1920 a más de 40 millones de personas en todo el mundo. Se desconoce la cifra exacta de la pandemia que es considerada la más devastadora de la historia. Un siglo después aún no se sabe cuál fue el origen de esta epidemia que no entendía de fronteras ni de clases sociales. Cien años han pasado de la esa pandemia, donde Freud perdió a su hija Shofia.

Parece que no sólo algunos de nuestros pacientes, manifiestan eso de repetir,… la humanidad, el mundo también…Luis Hornstein dice…convertir la historia en pasado permite un futuro que no es pura repetición.

Comenzamos este escrito con unos hechos históricos, que seguramente muchos no conocíamos, o teníamos algunos datos aislados de ellos, pero conocemos una historia más reciente. Nos retrotraemos a la noche del jueves 19 de Marzo del 2.020. Aquello que veíamos en los noticieros que sucedía en tierras lejanas, a mucha distancia, y que por momentos, quizás nos sentíamos ajenos a esa realidad, de pronto  esa distancia se acortó notablemente, estaba ahí, al alcance de nuestras manos, el gobierno Nacional, declaraba la cuarentena, término que para la medicina, describe el aislamiento.

Surgieron muchas preguntas,… y ahora qué?...cómo?...hasta cuándo? El Covid-19, nos arrebataba nuestros mañanas. El viernes iba a ser un día muy diferente al planificado. Comencé llamando a los pacientes, ofreciéndole tener sus sesiones de manera virtual!!! ...Todos estábamos conmocionados. Algunos aceptaron sin mayor resistencia, otros… lo iban a pensar, y los menos, decidieron que llamarían cuando… esto pase? Nuestros psiquismos estaban tratando de metabolizar lo que estaba pasando, mejor dicho lo que estábamos empezando a vivenciar.

A medida que transcurrían los días nos íbamos acomodando a esa nueva realidad, impuesta!…Apelamos a nuestra inteligencia y creatividad para sortear las dificultades que se nos presentaban, como por ejemplo, un paciente tenía sus  sesiones en el auto, en la cochera de su edificio, era el único lugar  donde encontraba la suficiente privacidad para hablar libremente.  Otro lo hacía en su dormitorio recostado  en su cama. Otro desde la terraza mirando la puesta del sol…la gran mayoría, encontraba un tiempo y un espacio, para tener sus sesiones. A esto se la sumaban otras dificultades que tenían que ver con el poco manejo de la tecnología, de la virtualidad, lo insuficiente que podía llegar a ser la conectividad a internet.

Cuántos cambios! Nuevamente cuántas preguntas…cómo impactaba en mí, estar dentro de la casa de cada uno de ellos, y ellos dentro de  mí casa? Qué pasaría con el paciente que se recuesta en el diván, ahora nos mirábamos cara a cara? Cómo estarían aquellos que decidieron esperar…a que todo esto pase!?  Punto este que me generaba cierta preocupación. Esa negativa, para mí,  tenía un valor diagnóstico, no pudieron utilizar esas vías colaterales, al menos darse la posibilidad de probar  una manera distinta de sostener este espacio analítico, y pensaba… a cuántas otras cosas de su vida estos pacientes renunciaban por no usar otros caminos, otras vías.

En casi todos resonaba la misma frase… De esta forma no es lo mismo, presencial es mejor o me gusta más.  Por ese entonces recordé a Ferenczi, y sus postulados sobre la técnica activa, y decidí que cuando apareciera la frase… de esta forma no es lo mismo, presencial es mejor, iba a proponer puntuar  la frase , es decir quedarnos sólo con… de esta forma no es lo mismo... Me parecía que era muy temprano para arribar a alguna conclusión. Y es más, quizás las variables mejor o peor, no serían las más adecuadas. Debían ser reemplazarlas por;  Si es efectiva esta forma de tratamiento? Si se promueven cambios? Si podemos explorar el inconsciente?

Hacía varios años, alrededor de 8 ó 9, que trabajo con algunos pacientes de manera remota o virtual, y también como paciente hace alrededor de seis que tengo mis sesiones por teléfono. Estaba familiarizado con este formato, a mí me animó a utilizarlo una situación que me aconteció un domingo por la tarde. Estaba no sé qué haciendo en la computadora, me disponía a dejar de utilizarla, tenía una reunión social, y recibo una llamada por Skype. Se trataba de una persona que hacía meses no veía, ya que se había mudado a España buscando nuevas posibilidades, y que  por razones de diferencia horaria, la comunicación era pobre, escasa, en esos años no existía Whatsapp.

La charla se extendió por largo tiempo, cuando finalizó, ya era tarde para concurrir a ese evento social.

Promediando la semana, me encuentro con alguien que había acudido al evento social y me pregunta…que te pasó, por qué no fuiste? Sin dudarlo mi respuesta fue, estaba por ir pero justo me llego gente!!! Cuando di esa respuesta, al mismo tiempo dude, pensé, no estuve solo!!! La situación se volvió algo confusa…Lo lamentable es que esa persona nunca me creyó, …he hizo bien!!! Fácticamente nadie había llegado a mi casa, pero yo tenía otro registro.

Lo que me parece importante transmitir, compartir, es la sensación de haber estado con alguien en mi casa, la sensación de presencia, que me lleva a decir de manera automática, “me llegó gente”.

Hoy mucho escuchamos hablar del estar sin estar, agregaría, estar sin esta, estando. Ese gerundio poco usado, esa forma no personal del verbo, que expresa la duración de la acción, que hoy se materializa en la imagen de una pantalla.

Han pasado varios días, meses,  de cuarentena, las medidas de aislamiento se van flexibilizando, la corporalidad comienza a estar más presente. Nos encontramos con nuevos interrogantes y desafíos. Aún no podemos hablar en pasado, pero podemos vislumbrar un futuro, poco prometedor, la pandemia del Covid-19, tuvo la capacidad de atravesar a toda la humanidad, se virilizó, como también se viralizan sentimientos y realidades en todo el mundo. Podemos suponer que en el futuro, serán tiempos de elaboración de perdidas, de duelos. Todos habremos de perder algo, un trabajo, un comercio, un proyecto, o lo más irreparable, a alguien, algún familiar, amigo, paciente o terapeuta.

Además del duelo, también podemos percibir algo común en varias personas, al menos en nuestro medio, un marcado deseo de no volver físicamente a sus puestos de trabajo. La virtualidad tiene algo muy seductor, nos puede resultar más cómodo, ahorramos tiempo y dinero, y es así como una Nueva Normalidad se avecina, va desde la forma de saludarnos, a maneras de trabajar, estudiar, comprar.

Este breve comentario, que sólo interroga un  periodo de la existencia humana, producto del pensar, estudiar, discutir con colegas,  sin llegar a respuestas acabadas, absolutas, me lleva a formular preguntas más complejas, cuya raíz está en la práctica clínica.

Una  normalidad es aquello  que se ajusta a cierta norma o a características habituales, corrientes, sin exceder ni adolecer. En el mundo de la clínica psicoanalítica, en  momentos de iniciar un análisis, se pensaba en ciertas variables del dispositivo psicoanalítico como por ejemplo, número de sesiones, frecuencia, la utilización del diván, o bien cara a cara, quizás hoy debamos agregar otra, las sesiones de manera virtual, con los recursos y plataformas que vayan surgiendo.

En una entrevista que George Sylvester Viereck en 1926 le realizara a Freud titulada  El valor de la vida” Viereck, pregunta.  La estructura científica que usted levanta me parece ser mucho más elaborada. Sus fundamentos -la teoría del “desplazamiento”, de la “sexualidad infantil”, de los “simbolismos de los sueños”, etc. – parecen permanentes. Freud responde, Yo repito pues, que estamos apenas en el inicio. Yo apenas soy un iniciador. Conseguí desenterrar monumentos enterrados en los substratos de la mente. Pero allí donde yo descubrí algunos templos, otros podrán descubrir continentes.

Esos continentes, tendrán que ver hoy con la implementación de la técnica y la adecuación del dispositivo psicoanalítico al universo de la virtualidad?

Claudio Perusia. Licenciado en Psicología. Psicoanalista de la Asociación Psicoanalítica de Córdoba. Miembro Titular con Función Didáctica. Titular de cátedra de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Católica de Córdoba.  



viernes, 26 de junio de 2020

La formación en los tiempos del confinamiento por Carolina Glaser


La formación en los tiempos del confinamiento

La poesía es creación de un sujeto
que asume un nuevo orden de relación simbólica con el mundo (Lacan)




La irrupción inesperada de la pandemia del Coronavirus, esta intromisión real, masiva que cambió las coordenadas del mundo entero provocaron una desestabilización en el ordenamiento de las formas de vivir, de vincularse, de trabajar, de formarse…

A partir de la pérdida y los procesos de duelo puestos a elaborarla, se impone el deseo de producir nuevos ordenes simbólicos, una reconstrucción.

Como psicoanalistas, reconocemos el poder creativo de las palabras, la posibilidad de armar y rearmar mundos en el mundo. Según Lacan “El mundo es in-mundo… cada uno se construye su mundo”, búsquedas y encuentros de nuevos sentidos.

La formación en psicoanálisis ha requerido la puesta en juego de nuevas modalidades de delimitación de tiempos y espacios para la escucha, para la incorporación de modelos teóricos diversos, aprehendiendo lecturas, rememorando y actualizando saberes, utilizando nuevas tecnologías, la virtualidad para reasegurar los lazos y la conexión con otros para pensar en conjunto, invistiendo libidinalmente los encuentros.
Garantizando el trípode analítico, nos encontramos inmersos en las profundidades de las distintas líneas teóricas, dando cuenta del universo complejo, heterogéneo, relativo, diverso y plural del psicoanálisis. Acompañados en el sostén de nuestra práctica clínica con sus vicisitudes singulares y lo disruptivo del acontecer actual que también requiere de un movimiento y apuesta psíquica importante. Y el propio análisis sostenido desde la virtualidad, el corrimiento de los cuerpos y la intensificación de la escucha en un diván internalizado e “imaginarizado”.

El deseo y el intento de seguir pensando juntos, entramando y transformando lo incierto, lo enigmático y la angustia en conocimiento, serán motor de la continuidad.
  
Como contrapartida del confinamiento, entiendo al psicoanálisis como un absoluto permiso para la circulación: apertura de avenidas disponibles entre el adentro y el afuera, habilitando el ingreso y alojamiento de lo diferente, de lo múltiple, de lo diverso.

Los grandes cambios siempre vienen acompañados de una fuerte sacudida.

Los desarrollos y la creatividad de Freud estuvieron atravesados por dos guerras mundiales, incluyendo el peor holocausto de la historia de la humanidad. Salvando la enorme distancia social, política e histórica, podemos aventurarnos a hipotetizar que el desorden podría resultar en la emergencia, en su doble acepción: una situación imprevista que se debe solucionar y también como acción de emerger (algo nuevo) y potenciar la creación de redes, puentes, escaleras, balsas… para sortear el abismo y el vértigo del real que asoma. 

El psicoanálisis fue, es y será redes, puentes, escaleras, balsas… para quien lo pueda aprehender.

Carolina Glaser - Analista en formación en el Instituto de Formación Psicoanalítica de la Asociación Psicoanalítica de Córdoba 


A quien seguir, a quien creerle por Verónica Vigliano


A quien seguir, a quien creerle

Supongamos preguntas dirigidas a alguien quien responda aplacando la intranquilidad que nos atraviesa. Que aliviador seria encontrar una sentencia taxativa sobre la verdad de las cuestiones que producen sufrimiento.  

En estos tiempos, en el transcurrir de los días, en aislamiento, surge la necesidad de la certeza sobre un saber. Saber sobre un virus nuevo, bastante simpático cuando lo dibujan pero malísimo cuando se lo contrae. Saber sobre qué limpiar y con qué, o cómo protegerse. Saber cuándo y cómo atender las demandas de los sujetos en análisis. Saber, que improvisamos  en adiestramientos acelerados para utilizar medios tecnológicos y remotos de comunicación. Sumando aprendizajes,  dejamos atrás al terruño que habitábamos, arribando a otra realidad, donde brota la proliferación de formulación de teorías, protocolos de seguimientos, o cambios del lenguaje al nombrar objetos, situaciones. 

En las redes sociales, a quien seguir es un artilugio de enlaces entre usuarios que se ofrecen, para que uno con solo cliquear decida si esa persona visible en la foto subida como perfil, es alguien que quizás conozca y desde el momento que acepta una solicitud, pasamos a establecer contacto. Una nueva red social liga el encuentro con otro: contacto, amigos, conocidos, seguidores, variedad de reuniones, curiosos.

Pienso, durante la pandemia,  en ciertas particularidades de las relaciones humanas,  en las mixturas compuestas de soledad, persona, imagen persona- foto, miedos, pantalla-voz, comentarios, memes. En cómo se sumergen allí donde se difumina quien es el otro, detrás de aparentar contactos sin que nada se pierda.

Al seguir las redes creemos aproximarnos a quien es el que opina o postea esa imagen, cuáles son sus comentarios, si estará de acuerdo o no, por qué apoyaría ese movimiento social, que escribe en su muro y que dice cuando comenta, como se muestra en la foto subida,  que lugares visita, porque sigue a determinados famosos  o cuáles son sus grupos de pertenencia. Figuras del perfil,  virtualidad  en la cual proliferan las imágenes al compas de las palabras.

Cuando leemos se produce una superposición entre el autor, quien escribe, una persona, pero para creer el argumento se necesita pensar,  rastrear sobre lo narrado,  lo que sucede, los personajes caracterizados, los conflictos o si pudieran suceder de otras maneras. La palabra se desplaza hacia  recorridos, figurando múltiples tramas. Diferentes ficciones, en  las redes, en la literatura, en las series que vemos quedándonos en casa. Ficciones que acompañan la construcción de realidades a veces pintorescas, gratificantes, con versiones editadas, sin los rastros del malestar que se empeñan en incrustarse en el cuerpo, en los gestos, en nuestros pensamientos, en las palabras. Aparece el sentimiento que no engaña, en lo que no puede plasmarse en fotografía, ni se comparte como comentario, en la turbulencia de explicaciones que recomiendan sobre que hay que hacer en esta situación, en las variadas opciones para informarnos.

La capacidad de construir una ficción, ingresaría en la posibilidad para despegarse de lo imposible de explicar porque no todo se responde, y en estas envolturas intentamos arrojar preguntas o incorporar creencias dentro de la complejidad del pensamiento, cuando alcanza.

Julián Barnes comienza su novela, La Única Historia,  con planteos irresolubles ¿Preferirías amar más y sufrir más o amar menos y sufrir menos? Creo que, en definitiva, esa es la única cuestión. Pero no consistirían en eso, únicas cuestiones, ni la vida humana, ni las posibilidades del análisis.

Como si hubiera únicas historias de vida, o como si alguien, noticias en internet, laboratorios, líderes mundiales, religiosos, dirigentes, videntes, filósofos ,científicos, supiera responder sobre cómo se siente amor, o como vivir amando o sufriendo. En el medio del exceso de presencias en los contactos tecnológicos, y dispositivos que nos acercan a los otros, a nuestra escucha analítica.

Experiencia enigmática la de continuar analizando en este tiempo, rompiendo con escenarios conocidos hasta ahora,  para montar en espejos negros , el encuentro con el otro, escuchar  a alguien, sujeto del inconsciente, a través del contacto disponible en transferencia. Momentos en los que no alcanzan los supuestos saberes acerca de los dispositivos actuales, o de los supuestos efectos pronosticados en catálogos de psicopatologías o estilos de vida en transformación. Y continuamos ofreciendo un lugar subjetivante. 

Entonces como si fuera poco,  la incertidumbre promueve  nuestra tarea analítica. Un poco de coraje precisamos para seguir trabajando, casi desafiando preguntas, en un atrevimiento para  respuestas, nos cruzamos entre análisis antes y ahora, con el encuadre interno del analista como para tolerar la movilidad de los cambios.
Abundan los no saberes. Estas son condiciones que nos asemejan en tanto analistas, entre quienes  iniciamos la tarea,  analistas en formación, y aquellos que llevan larga trayectoria clínica y teórica, en la transmisión del psicoanálisis. Como propone Facebook, Me Gusta y ahora agrega el Me Importa, voy a clickear por un espacio psicoanalítico, en la clínica, en las instituciones y en la comunidad,  donde habitemos en las diferencias y conservemos márgenes de lo que no se sabe, de lo nuevo por venir.

Ensayando sobre la clínica actual, en la continuidad del psicoanálisis, atravesando las pantallas y sosteniendo la escucha, intrépidamente juego a responder

¿A quién seguir? al inconsciente.

¿A quién creerle? al sufrimiento.

En transferencia con quienes nos preceden, psicoanalistas fundadores, maestros, pero construyendo nuevos pensamientos a partir de la demanda en la clínica actual.  Creer y seguir practicando un trabajo esencial, de analistas. 

Verónica Vigliano - Analista en formación en el Instituto de Formación de la Asociación Psicoanalítica de Córdoba

Encierros. por María Cristina Oleaga


         Encierros.


Por María Cristina Oleaga1

Afuera hay sol.
 No es más que un sol  
pero los hombres lo miran
y después cantan.
  (…)                                        
  “La Jaula”, Alejandra Pizarnik




La peste bubónica, siglos XII a XIV: encierro y aislamiento

“Durante la Peste Bubónica, los médicos usaban máscaras con apariencia de cabezas de aves para evitar el contagio. Llenaban el pico con especias y pétalos de rosas para no sentir el olor de los cuerpos que se pudrían. Una teoría de la época era que la plaga estaba causada por espíritus malignos. Para ahuyentarlos, se diseñaban esas máscaras intencionalmente con apariencia atemorizan- te.” Así describen, en un sitio histórico de Edimburgo2, a los médicos que visitaban a los contagiados. ¿Acaso no hay hoy versiones acerca de espíritus malignos que podrían haber fabricado e implantado el virus, hoy en Wuhan, para utilizarlo como arma económica? No sabemos si es así. Sí sabemos que somos buscadores de algún sentido que dé consistencia a nuestra fragilidad.
Los médicos medievales también vestían largas túnicas protectoras confeccionadas con cuero de cabra, así como guantes del mismo material. Asimismo, llevaban una varilla para mantener distancia- miento con los contagiados. El equipo sanitario viste hoy, como extraños astronautas, unos trajes de seguridad que ocultan sus rostros y nos recuerdan a los de los médicos durante la peste. Los motivos, desde luego, no provienen del pensamiento mágico sino del saber científico. Unos y otros provocan extrañeza y temor.
Una teoría más avanzada, siglo XVII, acerca de la peste ubicaba su causa en los miasmas3, de modo que las viviendas de los enfermos se fumigaban con sustancias perfumadas. Sin que se conociera el modo de propagación -en medio de ciudades sin agua corriente ni cloacas, en las que todos los desechos se eliminaban por las ventanas hacia las callejas cada noche al grito de “¡Agua va!”- algo en relación con la higiene les daba una pista. Estos recursos se acompañaban con una enérgica cuarentena que mantenía en aislamiento a los que se contagiaban, incluso muchas veces hasta su muerte. Así, para los más pobres que vivían hacinados, se construyeron, en Escocia por ejemplo, chozas alejadas de la ciudad en las que
se los mantenía en estricto encierro aunque se les brindaba alimento y visitas de salud.
La muerte, sin embargo, era el final más frecuente. Fue recién en el siglo XIX cuando se pudo aislar a la pulga de la rata negra como el transmisor de la peste. Había muerto un tercio o más de la población de Europa de aquellos siglos en que las ratas vivían entre la gente.
Sin duda hoy las condiciones no son comparables, salvo en cuanto  a las medidas que podemos tomar para obtener cierta seguridad. Se ha descripto al virus (SARS-CoV-2) como real sin ley que, por ello, nos deja sin recursos. Sin embargo, el virus tiene leyes, las que operan en la naturaleza -desconocidas por ahora- y los científicos están trabajando para descubrirlas y, así, encontrar remedios y vacunas que prevengan la enfermedad (COVID-19). Lo real sin ley es el real propiamente humano, el fuera de sentido. Mientras no sepamos ni cómo funciona, ni cómo prevenir o curar sus efectos, se instala -frente al virus- un fuera de sentido, la sensación de estar dentro de una película distópica. Prima la incertidumbre. El afuera peligroso despierta fantasmas, donadores de sentidos menos vacilantes. Los hay de todo tipo, en su mayoría persecutoria, angustiante. Ni siquiera el adentro ofrece garantías: no hay que enfermar ni accidentarse para no tener que recurrir a esos lugares peli- grosos en los que, nos avisan, los contagiados que mueren están solos. La cotidianeidad -el automaton- la rutina habitual, se ve trastocada por el azar impredecible -la tyche- súbito y contingente. El contagio, a pesar de toda precaución, puede producirse. Aparecen comportamientos solidarios la amenaza nos hermana- y de los otros -movidos por la desesperación- frente al desamparo provoca do por un peligro incierto. Del aplauso a los que van al frente, el equipo de salud, a echarlos del edificio o agredirlos físicamente parece haber un solo paso: es el miedo al contagio, que vuelve lobo al cordero, quien puede estigmatizar incluso a su cuidador. Para todos, higiene, encierro y aislamiento son la única posibilidad de alguna protección.
En Psicoanálisis, a pesar de los rasgos generales que acabo de dibujar, apuntamos a lo singular, al modo en que se tramita en este caso, para cada quien, esta cuarentena. Sorprende el encontrar, de este modo, las respuestas más variadas: desde la total prescindencia de quien está tan preocupado por sus pérdidas económicas que actúa como si esa fuese la única amenaza- hasta el pánico -del que se representa tan vulnerable que cualquier mínima modificación de su cuerpo lo hace sentirse contagiado- pasando por algunos que encuentran un gran bienestar al no tener que enfrentar la calle o al descubrir lo nuevo en actividades o en vínculos, sin olvidar a  los que encuentran que los lazos más cercanos estallan en la convivencia prolongada. Hay quienes encuentran refugio e ilusión de seguridad y certeza en el cumplimiento de los protocolos y hay los que sienten que con ellos se vulnera su independencia por no poder disponer de lo que se les ocurra ni hacer, a su manera, cada cosa.
No es casual, si tenemos presente la irrupción de sinsentido que conlleva la pandemia, que la religiosidad -en todas sus expresiones- encuentre eco en los sujetos. La religiosidad es dadora de sentido, aunque éste sea colectivo. Asistimos, los que trabajamos con estos agrupamientos, al florecimiento de grupos de riesgo, mal llamados sectas, cuya especialidad es la de dar sentido, supuesto amparo y cumplimiento de expectativas varias: crecimiento espiritual o material, vida saludable, curaciones mágicas y mucho más. También en encierro y aislamiento, gracias a la implementación de mecanismos de manipulación psicológica, se cumple la captación de adeptos y su separación de los ámbitos de origen.
Como otra lente, indulgente, entre las respuestas variadas a los cambios inéditos de vida aparece el humor que circula saludable- mente por las redes sociales. Es ya el dato que podemos festejar, habla de una posibilidad de elaboración, la que nos permite reírnos de nosotros mismos, Podemos seguir encontrando particularidades, ellas reflejan que los encierros son múltiples, hay tantos como los escenarios que plantean los fantasmas.
Nosotros analistas, que podemos seguir trabajando aunque no de modo presencial, escuchamos toda esa variedad e intervenimos conteniendo a los angustiados y, también, operamos con los que incluso en cuarentena pueden hacer el camino que venían dibujan- do previamente en sus análisis. Es la peculiaridad del Psicoanálisis atender a lo más íntimo. Por el contrario, los medios difunden estereotipos acerca de los modos en que el encierro afecta a los sujetos y dan supuestas recetas acerca del modo de conjurar esos males. Lo hacen tan enfáticamente que convocan a su público a comparecer fantasmáticamente allí donde los ubican: trastornados, deprimidos, ansiosos por salir, insomnes y así. Esta promoción llega a definir males irreparables que afectarían a los niños, a menos que se los deje, al menos, caminar algunas cuadras con alguno de sus padres. Si nos detenemos a pensarlo, es un disparate. Califican de traumático al encierro, con los padres, en su casa. Desde luego, no se están refiriendo a los chicos que no tienen casa y, en algunos casos, tampoco padres. Que todo esté circunscripto a una clase media encerrada dice bastante acerca del discurso mediático.
El Psicoanálisis no define al trauma desde fuera del sujeto, por la calidad o la contundencia del acontecimiento, sino desde la posibilidad o no de su tramitación. En el caso que nos ocupa, los niños en cuarentena, mucho dependerá de sus condiciones previas y -sobre todo para los más pequeños- de la posición de los adultos que los acompañen. El salir a dar una vuelta con sus padres, sin interacción con pares, sin salida del ambiente en el que transcurre su cuarentena, no determinará cambios significativos. Tramitar estímulos que podrían resultar traumáticos implica incluir su incidencia en un mundo de palabras, ligar esos contenidos y expresar los afectos que susciten. Pronosticar futuras catástrofes irreparables es desconocer el modo en que funciona el psiquismo infantil, su capacidad imaginativa y creativa, siempre que esos recursos no se vean aplastados por el uso indiscriminado de tecnología ni se encuentren empobrecidos por vínculos desamorados o perversos. En estos casos límite, una vuelta manzana nada podría resolver.
Freud, en El Malestar en la Cultura, describe una relación inversa entre dicha y seguridad. Hemos entregado, al someternos a las leyes de la civilización, una porción de libertad -en la vida pulsional- para obtener cierta seguridad4. Es cierto que los discursos que avanzan sobre las libertades frecuentemente dicen hacerlo en nombre de alguna seguridad y, sin embargo, pueden virar insidiosamente hacia el control y el autoritarismo. Hemos conocido, en el suburbio bonaerense, episodios de ensañamiento y represión policial, que -si bien se dan frecuentemente contra clases excluidas, llegando al crimen por gatillo fácil - dan cuenta de un Estado que, en esta cuarentena, desliza desde el cuidado hacia el autoritarismo feroz. En el caso de la cuarentena por el COVID 19, los protocolos y las restricciones que la acompañan se enmarcan en lo poco que se conoce del virus. Hay un límite impreciso y peligroso entre la seguridad relativa que brindan y las amenazas que comporta este nuevo estado social.
Es cierto que la pandemia ha puesto al descubierto un estado des- compuesto del capitalismo del que muy bien se han ocupado varios autores, entre ellos Bifo Berardi quien alienta a resistir el retorno a esa normalidad anómala. No sabemos si asistimos a una bisagra, no sabemos si la crisis dará lugar a una resistencia y a algo nuevo. Por ahora, sin embargo, no hay alternativa: encierro, protocolos de higiene y aislamiento son imprescindibles también contra esta nueva peste, aun cuando nada implique garantía.

1 María Cristina Oleaga es Licenciada en Psicología - Universidad de Buenos Aires. Formación de Posgrado: CIAP, Simposio del Campo Freudiano, Escuela de la Orientación Lacaniana. Miembro del staff de El Psicoanalítico. Trabajo institucional y privado en clínica psicoanalítica desde 1975. mcoleaga@elpsicoanalitico.com.ar
2 The Real Mary King's Cloose
3 Los miasmas, un descubrimiento importante para la epidemiología, eran el conjunto de emanaciones fétidas -tanto de los cuerpos enfermos como de los suelos y aguas impuras- que se suponían causa de enfermedad.
4 Freud, Sigmund. Obras Completas, Tomo XXI, El malestar en la cultura, Amorrortu Editores, Argentina, Pcia. de Buenos Aires, 1986. Pág. 112





sábado, 2 de mayo de 2020

Coronavirus y producción de subjetividad por Marcelo N. Viñar

Yo y la humanidad ante lo inesperado

En los tiempos en que había tiempo para el hablar pausado y anodino, en una de las últimas charlas que tuve con mi padre anciano, apareció una frase cuyo añejamiento le dio valor testamentario. Solemnemente me dijo algo así: “yo fui un hombre previsor: siempre me preocupe de prever y preparar el mañana. Pero ese mañana casi nunca se ajustaba a mis predicciones, llegaba otro con sus sorpresas, buenas o malas… así que ya
no me animo a aconsejarte que seas previsor”.

Seguramente su condición de emigrante de tierras y culturas lejanas, sellaron una marca infantil de inseguridad o fragilidad donde germinó la formación reactiva de ser precavido.

Con ese legado, me puedo pensar llegando al think- tank sobre el futuro del psicoanálisis habiendo cursado una vida cuya lógica y empeño fuera eficaz para situarme en el costado disfrutable de la condición humana, evitando los abismos de la precariedad y la exclusión, el desempleo y la marginalidad.

Llegando sanos y salvos a la recta final, el Covid19 irrumpió en nuestras vidas, cancelando hábitos, anhelos y proyectos, que habíamos diseñado y trabajado para el año en curso, por añadidura, estamos inscritos en la franja etaria de más alto riesgo, lo que subraya el acatamiento a la única medida que se ha reconocido como eficaz y operante para disminuir el contagio: la cuarentena y el confinamiento social. De allí la buena ocurrencia de Jonathan Sklar, de escribir para mitigar el aislamiento, testimoniando la experiencia que estamos viviendo, espontáneamente y en caliente.

Badiou llama acontecimiento al evento que descarrila lo esperable y que nos obliga a inventar y diseñar otros itinerarios de vida. Aprender dice Heidegger no es informar a alguien de algo que antes no sabía, sino hacer de él alguien que antes no existía. El enamoramiento, el nacimiento de un hijo, son modelos universales de esta experiencia. La prisión en dictadura y el exilio fueron para mi experiencias de ese tipo, supongo que la irrupción de una enfermedad grave puede agregarse a la lista.
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El aislamiento social es una necesidad imperiosa y una dolorosa experiencia, nos empuja a la condición de los leprosos de la edad media, el precio para preservar la salud nos mutila en lo más humano de la condición humana, nuestra condición de seres relacionales. Tal vez para los jóvenes, los nativos de la revolución digital, el cambio de códigos resulte menos violento. En lo que me es personal, el encuentro virtual es radicalmente diferente al encuentro presencial. Pero si no hay pan buenas son tortas, y hoy gracias a la informática podemos estar menos solos que antaño.
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La primera reacción a la epidemia es egoísta, autorreferente, como concebida por un ser diabólico para interrumpir anhelos y proyectos, los que había emprendido para sentirme vivo.

Entre negaciones y desmentidas, sabemos que envejecer y morir son parte de la vida, pero esta experiencia como el amor- se conjuga en singular. La pandemia viene a abatir esa singularidad y nos sumerge en lo masivo, en ser un número anónimo y viene a robarme mi singularidad, por lo menos a diluirla.

Casi de inmediato brota la vergüenza por el egocentrismo, bochorno por sentirse único y (privilegiado) en la abolición de la dimensión colectiva de un traumatismo histórico… Luego de un corto silencio convocamos a la humanidad como remedio reparador del repugnante egocentrismo. Tengo casa, alimentos, libros, dinero, para transitar la tragedia, donde hay millones de congéneres que carecen de lo que yo dispongo. El consuelo es necesario, pero a poco de navegar en él se vuelve abrumador cuando la humanidad se hace presente en su descomunal y oprobiosa desigualdad, que la pandemia subraya.

Entiendo que el confinamiento no es lo mismo en la favela que en una casa confortable, pienso en los carteles de los barrios pobres de Bolivia en dictadura, escribiendo carteles y gritando “mejor que nos mate el virus y no el hambre” ¿Cómo conjugar la mirada hacia lo íntimo y hacia el mundo sin caer en la cursilería del humanismo?
Dado que la diversidad humana es infinita, cada quien tiene derecho a su versión.

Como dice Bifo Berardi en la compilación titulada la Sopa de Wuhan, la experiencia extrema de la pandemia va a dejar marcas imborrables en la aldea planetaria y es de presumir que esta no será la misma antes y después de la experiencia extrema, “la gripecita de Jair B”, va a dejar sus huellas hondas.

Dejo a politólogos y sociólogos el análisis de los fenómenos en curso que obligan a repensar los daños de una economía extractiva y siempre en expansión y su sustitución por el difícil equilibrio entre ecología y economía sustentable.

Leí que los epidemiólogos piensan que las génesis de las últimas pandemias se pueden atribuir a una conjunción de factores humanos, una demografía y una economía siempre en expansión que destruye bosques en su diversidad ecológica para fomentar la producción agrícola y el crecimiento exponencial de grandes urbes que apretujan millones de habitantes en escaso espacio. Dejo este saber especializado para los epidemiólogos, virólogos, politólogos y economistas. Volvamos al campo específico de construcción de
subjetividad. En su Vigilar y Castigar Michel Foucault nos da algunas pistas o andariveles, la escuela, la fábrica, el hospital, el manicomio, como espacio o escenarios comunes que sentencian lo uniforme, pensar consiste en romper esa barreara de la uniformidad y asumir los límites y dolores del encierro, y hacer con este elaboraciones creativas.

La experiencia del tiempo real y vivencial del confinamiento es más lenta. Entre el deleite y el aburrimiento nos damos cuenta hasta qué punto éramos adictos a ritmos epilépticos que nos devoraban y ahora recuperamos momentos de silencio y soledad.

Aunque la lectura, la música y el cine nos acompaña - viva la modernidad- el analgésico no nos calma el total de lo perdido, prohibido acercarse, abrazarse, besarse, sobre todo con los seres queridos. Allí evocamos la reflexión de Walter Benjamin: compartir experiencias y vivencias y narrarlas es tan necesario para el alma como beber y comer para el cuerpo carnal.

Tal vez ha llegado el momento en este psicoanálisis del siglo XXI, de no enclaustrarnos en el mundo de objetos internos que funda la realidad psíquica y abrirnos a la multideterminación de realidades culturales y sociopolíticas, manteniendo las aduanas entre ambos registros.

Marcelo N. Viñar, psicoanalista, Asociación Psicoanalítica de Uruguay, autor de numerosos artículos y libros, marzo 2020

miércoles, 22 de abril de 2020

Coronavirus: por qué necesitamos teorías conspirativas por Mariano Horenstein


¿Qué pueden tener en común quienes descreen de la llegada del hombre a la Luna con quienes juran que la tierra es plana o aquellos que dan fe de una conspiración judía o masónica internacional para apropiarse del mundo, o los que están convencidos que Elvis Presley fingió su propia muerte?

En las últimas semanas, rumores excéntricos sobre el origen del coronavirus inundaron las redes sociales: éste podría ser un accidente de laboratorio, un efecto premeditado en una contienda global, una revancha de la naturaleza o un castigo divino. O todo eso a la vez.
Si las teorías más o menos disparatadas que se conocen como conspirativas aparecen una y otra vez -esparciéndose viralmente también- habrán de responder a alguna intensa necesidad humana.

Una crisis como la que atravesamos, con media humanidad encerrada y jaqueada por un minúsculo virus, sirve de caja de resonancia y acelerador de opiniones que pretenden dar sentido a la pandemia: proveer respuestas allí donde solo hay preguntas.

Si un saber -siempre provisorio- necesariamente debe someterse a la prueba de la evidencia o de la experiencia, la certeza en cambio transforma una intuición o creencia en una convicción irrevocable. Hoy sobran los ejemplos de ello, sea en las llamadas teorías conspirativas como en la proliferación en redes sociales de las “fake news”.
Así como una persona obsesiva encuentra rituales privados para contrarrestar “malos pensamientos”, la fe religiosa -cualquiera- provee esos mismos rituales de modo normatizado y colectivo. Del mismo modo, allí donde un paranoico construye una visión delirante a partir de la cual todo -hasta el detalle más nimio y razonable de su realidad- puede cobrar un matiz persecutorio, una conspiración convierte esa sospecha privada en recelo compartido.

Tanto el ritual religioso como la conspiración funcionan como respuestas colectivas frente a la angustia que causa lo incierto. Ambas formas comparten una matriz común: la presencia de una certeza más emparentada con el saber delirante o el pensamiento mágico que con la razón. Una teoría conspirativa entonces, pese a su pretensión racional, está más emparentada con un culto religioso que con un saber científico.

No es sencillo soportar la incertidumbre, y menos aún la inermidad, de la que la incertidumbre es apenas una de sus manifestaciones. En nuestra especie, mal que nos pese, no existen garantías, ni siquiera la de la supervivencia. Todos vivimos de algún modo a la intemperie. Esa sensación de desamparo es una de las fuentes que impulsan la creación de relatos improbables que buscan ordenar y dar sentido a una novedad que nos sorprende y angustia.

Cada vez que una respuesta no calme nuestra incertidumbre, reaparecerá el desamparo inevitable, ése que ratifica que la infancia y sus reaseguros imaginarios han quedado atrás.

Una teoría conspirativa maniobra para satisfacer una necesidad doble, y allí radica uno de los secretos de su eficacia: por un lado, dota de cierta lógica algo que aparece sin sentido; por otro lado, sindica a responsables allí donde no los hay. Son respuestas precarias, improbables y falsas, pero en tanto son respuestas, alivian. No hay nada más difícil que soportar la falta de respuestas. Tampoco es sencillo desarrollar la tolerancia suficiente para que las preguntas encuentren respuestas razonadas y medianamente comprobables.

Hay aún una tercera manera en que una teoría conspirativa encuentra eco y se propaga, y es la del efecto de identificación que posibilita. A partir de adherir a tal o cual hipótesis de complot, una secreta comunidad se trama. Ese saber “esotérico” distingue a un grupo -más allá de su dispersión geográfica, de clase o de lengua- y los diferencia del resto de la comunidad, que a su juicio prefiere ignorar la supuesta verdad que se ha logrado revelar. El efecto identificatorio posibilitado en este caso por la autoexclusión del rebaño de los crédulos, pareciera dotar a los “iluminados” de un aura que los distingue, lo que es una fuente no menor de satisfacción narcisista.

Ahora bien, un esbozo de disección de una teoría conspirativa sería rudimentario si no incluyera a quienes sacan rédito de ella. Una teoría imaginaria puede tener efectos reales, tan reales como posibilitar la elección de un presidente o la caída de otro, desencadenar un genocidio o una guerra. Las teorías conspirativas suelen sindicar responsables -generalmente extranjeros, para preservar el propio confort- al mismo tiempo que dejan en las sombras a quienes se benefician de esa segregación siempre a mano. Es diferente la posición de quienes creen ingenuamente en conspiraciones de la de quienes hacen un uso perverso de esa labilidad, proclamando conjuras frente a las cuales solo líderes esclarecidos sabrían defendernos.

No hay mejor modo de mentir que hacerlo con elementos familiares, incluso verdaderos. De ese modo, como en un delirio persecutorio, hay siempre un punto razonable y verosímil en la conspiración que se denuncia. Y por supuesto que existe siempre una trama de intereses opacos, una estructura económica determinante, una geopolítica que nos trasciende y que a menudo constituye un núcleo de verdad tras muchos disparates.
Las teorías conspirativas encuentran suelo fértil en la variedad de prejuicios que caracteriza a nuestra especie, fundados a su vez en nuestra proverbial intolerancia a la diferencia. Se tiende más a creer lo que certifica nuestro prejuicio, lo que nos da una versión ordenada del mundo, y una conspiración lo es. Una vida crédula parece para algunos preferible a una vida en la que tengan lugar la incertidumbre de vivir, la amenaza de la enfermedad y una única certeza, la de la muerte que en algún momento inevitablemente llegará.

Aun cuando se regodeen en argumentos paracientíficos -las redes 5G o la guerra bacteriológica - o político-económico -la escalada en la ofensiva comercial entre China y EEUU- las teorías conspirativas se hacen más inteligibles en el terreno de la creencia religiosa: el ejercicio de seleccionar y descartar argumentos sin el esfuerzo de comprobarlos.

La angustia frente al no saber requiere un trabajo psíquico considerable. Si un manipulador -de la política, de las redes o de los medios- ofrece un saber alternativo, una prótesis que pretenda cegar ese pozo ominoso de la incertidumbre, encontrará legiones de personas dispuestas a creerle.

Solo que nuestra frágil especie, junto a la credulidad y las certezas absurdas, posee también su antídoto, el pensamiento crítico, eso que Hanna Arendt llamaba el “pensar por uno mismo”. Aun cuando eso implique sostener preguntas sin respuesta.

Mariano Horenstein, psicoanalista. Director del Instituto de Formación Psicoanalítica de la Asociación Psicoanalítica de Córdoba