sábado, 2 de mayo de 2020

Coronavirus y producción de subjetividad por Marcelo N. Viñar

Yo y la humanidad ante lo inesperado

En los tiempos en que había tiempo para el hablar pausado y anodino, en una de las últimas charlas que tuve con mi padre anciano, apareció una frase cuyo añejamiento le dio valor testamentario. Solemnemente me dijo algo así: “yo fui un hombre previsor: siempre me preocupe de prever y preparar el mañana. Pero ese mañana casi nunca se ajustaba a mis predicciones, llegaba otro con sus sorpresas, buenas o malas… así que ya
no me animo a aconsejarte que seas previsor”.

Seguramente su condición de emigrante de tierras y culturas lejanas, sellaron una marca infantil de inseguridad o fragilidad donde germinó la formación reactiva de ser precavido.

Con ese legado, me puedo pensar llegando al think- tank sobre el futuro del psicoanálisis habiendo cursado una vida cuya lógica y empeño fuera eficaz para situarme en el costado disfrutable de la condición humana, evitando los abismos de la precariedad y la exclusión, el desempleo y la marginalidad.

Llegando sanos y salvos a la recta final, el Covid19 irrumpió en nuestras vidas, cancelando hábitos, anhelos y proyectos, que habíamos diseñado y trabajado para el año en curso, por añadidura, estamos inscritos en la franja etaria de más alto riesgo, lo que subraya el acatamiento a la única medida que se ha reconocido como eficaz y operante para disminuir el contagio: la cuarentena y el confinamiento social. De allí la buena ocurrencia de Jonathan Sklar, de escribir para mitigar el aislamiento, testimoniando la experiencia que estamos viviendo, espontáneamente y en caliente.

Badiou llama acontecimiento al evento que descarrila lo esperable y que nos obliga a inventar y diseñar otros itinerarios de vida. Aprender dice Heidegger no es informar a alguien de algo que antes no sabía, sino hacer de él alguien que antes no existía. El enamoramiento, el nacimiento de un hijo, son modelos universales de esta experiencia. La prisión en dictadura y el exilio fueron para mi experiencias de ese tipo, supongo que la irrupción de una enfermedad grave puede agregarse a la lista.
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El aislamiento social es una necesidad imperiosa y una dolorosa experiencia, nos empuja a la condición de los leprosos de la edad media, el precio para preservar la salud nos mutila en lo más humano de la condición humana, nuestra condición de seres relacionales. Tal vez para los jóvenes, los nativos de la revolución digital, el cambio de códigos resulte menos violento. En lo que me es personal, el encuentro virtual es radicalmente diferente al encuentro presencial. Pero si no hay pan buenas son tortas, y hoy gracias a la informática podemos estar menos solos que antaño.
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La primera reacción a la epidemia es egoísta, autorreferente, como concebida por un ser diabólico para interrumpir anhelos y proyectos, los que había emprendido para sentirme vivo.

Entre negaciones y desmentidas, sabemos que envejecer y morir son parte de la vida, pero esta experiencia como el amor- se conjuga en singular. La pandemia viene a abatir esa singularidad y nos sumerge en lo masivo, en ser un número anónimo y viene a robarme mi singularidad, por lo menos a diluirla.

Casi de inmediato brota la vergüenza por el egocentrismo, bochorno por sentirse único y (privilegiado) en la abolición de la dimensión colectiva de un traumatismo histórico… Luego de un corto silencio convocamos a la humanidad como remedio reparador del repugnante egocentrismo. Tengo casa, alimentos, libros, dinero, para transitar la tragedia, donde hay millones de congéneres que carecen de lo que yo dispongo. El consuelo es necesario, pero a poco de navegar en él se vuelve abrumador cuando la humanidad se hace presente en su descomunal y oprobiosa desigualdad, que la pandemia subraya.

Entiendo que el confinamiento no es lo mismo en la favela que en una casa confortable, pienso en los carteles de los barrios pobres de Bolivia en dictadura, escribiendo carteles y gritando “mejor que nos mate el virus y no el hambre” ¿Cómo conjugar la mirada hacia lo íntimo y hacia el mundo sin caer en la cursilería del humanismo?
Dado que la diversidad humana es infinita, cada quien tiene derecho a su versión.

Como dice Bifo Berardi en la compilación titulada la Sopa de Wuhan, la experiencia extrema de la pandemia va a dejar marcas imborrables en la aldea planetaria y es de presumir que esta no será la misma antes y después de la experiencia extrema, “la gripecita de Jair B”, va a dejar sus huellas hondas.

Dejo a politólogos y sociólogos el análisis de los fenómenos en curso que obligan a repensar los daños de una economía extractiva y siempre en expansión y su sustitución por el difícil equilibrio entre ecología y economía sustentable.

Leí que los epidemiólogos piensan que las génesis de las últimas pandemias se pueden atribuir a una conjunción de factores humanos, una demografía y una economía siempre en expansión que destruye bosques en su diversidad ecológica para fomentar la producción agrícola y el crecimiento exponencial de grandes urbes que apretujan millones de habitantes en escaso espacio. Dejo este saber especializado para los epidemiólogos, virólogos, politólogos y economistas. Volvamos al campo específico de construcción de
subjetividad. En su Vigilar y Castigar Michel Foucault nos da algunas pistas o andariveles, la escuela, la fábrica, el hospital, el manicomio, como espacio o escenarios comunes que sentencian lo uniforme, pensar consiste en romper esa barreara de la uniformidad y asumir los límites y dolores del encierro, y hacer con este elaboraciones creativas.

La experiencia del tiempo real y vivencial del confinamiento es más lenta. Entre el deleite y el aburrimiento nos damos cuenta hasta qué punto éramos adictos a ritmos epilépticos que nos devoraban y ahora recuperamos momentos de silencio y soledad.

Aunque la lectura, la música y el cine nos acompaña - viva la modernidad- el analgésico no nos calma el total de lo perdido, prohibido acercarse, abrazarse, besarse, sobre todo con los seres queridos. Allí evocamos la reflexión de Walter Benjamin: compartir experiencias y vivencias y narrarlas es tan necesario para el alma como beber y comer para el cuerpo carnal.

Tal vez ha llegado el momento en este psicoanálisis del siglo XXI, de no enclaustrarnos en el mundo de objetos internos que funda la realidad psíquica y abrirnos a la multideterminación de realidades culturales y sociopolíticas, manteniendo las aduanas entre ambos registros.

Marcelo N. Viñar, psicoanalista, Asociación Psicoanalítica de Uruguay, autor de numerosos artículos y libros, marzo 2020

miércoles, 22 de abril de 2020

Coronavirus: por qué necesitamos teorías conspirativas por Mariano Horenstein


¿Qué pueden tener en común quienes descreen de la llegada del hombre a la Luna con quienes juran que la tierra es plana o aquellos que dan fe de una conspiración judía o masónica internacional para apropiarse del mundo, o los que están convencidos que Elvis Presley fingió su propia muerte?

En las últimas semanas, rumores excéntricos sobre el origen del coronavirus inundaron las redes sociales: éste podría ser un accidente de laboratorio, un efecto premeditado en una contienda global, una revancha de la naturaleza o un castigo divino. O todo eso a la vez.
Si las teorías más o menos disparatadas que se conocen como conspirativas aparecen una y otra vez -esparciéndose viralmente también- habrán de responder a alguna intensa necesidad humana.

Una crisis como la que atravesamos, con media humanidad encerrada y jaqueada por un minúsculo virus, sirve de caja de resonancia y acelerador de opiniones que pretenden dar sentido a la pandemia: proveer respuestas allí donde solo hay preguntas.

Si un saber -siempre provisorio- necesariamente debe someterse a la prueba de la evidencia o de la experiencia, la certeza en cambio transforma una intuición o creencia en una convicción irrevocable. Hoy sobran los ejemplos de ello, sea en las llamadas teorías conspirativas como en la proliferación en redes sociales de las “fake news”.
Así como una persona obsesiva encuentra rituales privados para contrarrestar “malos pensamientos”, la fe religiosa -cualquiera- provee esos mismos rituales de modo normatizado y colectivo. Del mismo modo, allí donde un paranoico construye una visión delirante a partir de la cual todo -hasta el detalle más nimio y razonable de su realidad- puede cobrar un matiz persecutorio, una conspiración convierte esa sospecha privada en recelo compartido.

Tanto el ritual religioso como la conspiración funcionan como respuestas colectivas frente a la angustia que causa lo incierto. Ambas formas comparten una matriz común: la presencia de una certeza más emparentada con el saber delirante o el pensamiento mágico que con la razón. Una teoría conspirativa entonces, pese a su pretensión racional, está más emparentada con un culto religioso que con un saber científico.

No es sencillo soportar la incertidumbre, y menos aún la inermidad, de la que la incertidumbre es apenas una de sus manifestaciones. En nuestra especie, mal que nos pese, no existen garantías, ni siquiera la de la supervivencia. Todos vivimos de algún modo a la intemperie. Esa sensación de desamparo es una de las fuentes que impulsan la creación de relatos improbables que buscan ordenar y dar sentido a una novedad que nos sorprende y angustia.

Cada vez que una respuesta no calme nuestra incertidumbre, reaparecerá el desamparo inevitable, ése que ratifica que la infancia y sus reaseguros imaginarios han quedado atrás.

Una teoría conspirativa maniobra para satisfacer una necesidad doble, y allí radica uno de los secretos de su eficacia: por un lado, dota de cierta lógica algo que aparece sin sentido; por otro lado, sindica a responsables allí donde no los hay. Son respuestas precarias, improbables y falsas, pero en tanto son respuestas, alivian. No hay nada más difícil que soportar la falta de respuestas. Tampoco es sencillo desarrollar la tolerancia suficiente para que las preguntas encuentren respuestas razonadas y medianamente comprobables.

Hay aún una tercera manera en que una teoría conspirativa encuentra eco y se propaga, y es la del efecto de identificación que posibilita. A partir de adherir a tal o cual hipótesis de complot, una secreta comunidad se trama. Ese saber “esotérico” distingue a un grupo -más allá de su dispersión geográfica, de clase o de lengua- y los diferencia del resto de la comunidad, que a su juicio prefiere ignorar la supuesta verdad que se ha logrado revelar. El efecto identificatorio posibilitado en este caso por la autoexclusión del rebaño de los crédulos, pareciera dotar a los “iluminados” de un aura que los distingue, lo que es una fuente no menor de satisfacción narcisista.

Ahora bien, un esbozo de disección de una teoría conspirativa sería rudimentario si no incluyera a quienes sacan rédito de ella. Una teoría imaginaria puede tener efectos reales, tan reales como posibilitar la elección de un presidente o la caída de otro, desencadenar un genocidio o una guerra. Las teorías conspirativas suelen sindicar responsables -generalmente extranjeros, para preservar el propio confort- al mismo tiempo que dejan en las sombras a quienes se benefician de esa segregación siempre a mano. Es diferente la posición de quienes creen ingenuamente en conspiraciones de la de quienes hacen un uso perverso de esa labilidad, proclamando conjuras frente a las cuales solo líderes esclarecidos sabrían defendernos.

No hay mejor modo de mentir que hacerlo con elementos familiares, incluso verdaderos. De ese modo, como en un delirio persecutorio, hay siempre un punto razonable y verosímil en la conspiración que se denuncia. Y por supuesto que existe siempre una trama de intereses opacos, una estructura económica determinante, una geopolítica que nos trasciende y que a menudo constituye un núcleo de verdad tras muchos disparates.
Las teorías conspirativas encuentran suelo fértil en la variedad de prejuicios que caracteriza a nuestra especie, fundados a su vez en nuestra proverbial intolerancia a la diferencia. Se tiende más a creer lo que certifica nuestro prejuicio, lo que nos da una versión ordenada del mundo, y una conspiración lo es. Una vida crédula parece para algunos preferible a una vida en la que tengan lugar la incertidumbre de vivir, la amenaza de la enfermedad y una única certeza, la de la muerte que en algún momento inevitablemente llegará.

Aun cuando se regodeen en argumentos paracientíficos -las redes 5G o la guerra bacteriológica - o político-económico -la escalada en la ofensiva comercial entre China y EEUU- las teorías conspirativas se hacen más inteligibles en el terreno de la creencia religiosa: el ejercicio de seleccionar y descartar argumentos sin el esfuerzo de comprobarlos.

La angustia frente al no saber requiere un trabajo psíquico considerable. Si un manipulador -de la política, de las redes o de los medios- ofrece un saber alternativo, una prótesis que pretenda cegar ese pozo ominoso de la incertidumbre, encontrará legiones de personas dispuestas a creerle.

Solo que nuestra frágil especie, junto a la credulidad y las certezas absurdas, posee también su antídoto, el pensamiento crítico, eso que Hanna Arendt llamaba el “pensar por uno mismo”. Aun cuando eso implique sostener preguntas sin respuesta.

Mariano Horenstein, psicoanalista. Director del Instituto de Formación Psicoanalítica de la Asociación Psicoanalítica de Córdoba

miércoles, 8 de abril de 2020

Distraerse en la cuarentena. Netflix y la serie Freud por Mariela Errasti

Tiempo atrás  la plataforma Netflix anuncia una serie intitulada “Freud”, que será  totalmente realizada en Austria, despertando el interés, no solo en la comunidad psi, sino también en aquel público interesado en quien fue un pensador central del siglo XX.

Hace pocos días se estrenó, y los comentarios redundan en que es una serie de terror y “que nada tiene que ver con Freud. Podemos coincidir.

 Pensador sobre el que se han escrito más de una decena de biografías, podríamos haber supuesto una serie sobre su vida, una reactivación de rumores con su cuñada, (nunca confirmados, por cierto), o la epopeya de fundar una nueva disciplina y las relaciones complejas y apasionadas con sus colegas, la creación de la sociedad de los miércoles, sus ideas, sus disputas con Adler o Jung, o su vejez que no solo le depararon un brutal cáncer sino  la emigración del nazismo, lograda por persuasión de la princesa Marie Bonaparte y Ernest Jones , que le evitó el trágico final, que sí, sufrieron sus hermanas víctimas del holocausto.

Pero no… el guionista, (que si leyó varias biografías), eligió el personaje Freud y elaborar una ficción. Uno hubiese  encontrado  más pertinente  que la serie se llamase,  Kraff- Ebing, quien si fue psiquiatra (Freud jamás fue psiquiatra, fue neurólogo antes de ser psicoanalista) y publicó estudios como “Fundamentos de psicología criminal para juristas (1882) Psychopatía sexuales (1886) “Estudios experimentales sobre el dominio de la hipnosis” (1889) Psychoses menstrualis (1902) pero claro…. ése apellido no vende….

Un colega, poco enojado, se  quejaba  diciendo lo lejos  que se ponía Freud con respecto a todo tema referido al ocultismo, y mucho más la brujería y los ritos satánicos… Sin embargo, y no para defender a nuestro maestro, (que no necesita defensa), podemos recordar  algunos elementos biográficos  que conocemos, y en los que se inspiraron los autores para crear esa ficción.  (De paso nos entretenemos en esta pandemia…)
Freud.

Si buscásemos en que momento de la vida de Freud ha querido situarse la ficción de la serie, sin lugar a dudas es cuando Freud inicia tres  años de residencia hospitalaria en el Hospital General de Viena.

Freud inicia sus estudios de medicina en 1873 y los finaliza en marzo de 1881. Al egresarse trabaja seis años en el laboratorio de Brucke,  (a quien reconocía como admirado maestro) que enseñaba fisiología y “anatomía superior” (como denominaban a la histología.) aquí conoció al Dr. Josef Breuer, colega que le estimulaba, amigo paternal que lo ayudará económicamente en los últimos tiempos de la residencia,(cosa que no se priva la serie en mostrar) y que también compartirá la historia de la extraña enfermedad de una joven, conocida con el seudónimo de Anna O. pero que la serie menciona con su verdadero nombre de Berta Pappenheim.

Marta Bernays.
Según Ellenberger[1], Freud conoció a Marta Bernays y se comprometió con ella en junio de 1882. Siguiendo la costumbre de época, el matrimonio solo tenía lugar cuando se había conseguido una prospera situación financiera. Así es que Freud debe apuntalar su carrera y abandona el laboratorio para realizar residencia en el mencionado Hospital General de Viena.

 La serie destaca a Eli, casado con su hermana Anna, quien en la ficción lo amenaza ante ser testigo de una supuesta amante, pues Eli no es solo su cuñado sino ¡hermano de Marta! Pero abandonemos los chismes y sigamos…

En aquellos años, Viena, era una encumbrada y destacada capital europea. El hospital era muy prestigioso, cada jefe de departamento era una celebridad médica. Pero el salario de residente era muy bajo, y Freud, enamorado, estaba urgido por mejorar su situación.

Theodor Meynert.

 En el hospital rotó por diferentes servicios: 2 meses en el departamento de cirugía , 6 meses a las órdenes de un  destacado internista llamado Nothangel, y el 1 de mayo de 1883 fue nombrado Sekundararzt   en el departamento de psiquiatría, dirigido por el ilustre Theodor Meynert. Solo estuvo allí 5 meses. Ningún registro de esa lucha que muestra la ficción… todo lo contrario. De hecho,  continuó su residencia en el departamento de Neurología, donde Freud dice haber adquirido una importante experiencia clínica con pacientes neurológicos. En la serie se muestra como Freud se interesa por paciente que presenta una parálisis, parálisis que bajo hipnosis no está… o sea...una parálisis funcional… pero por ese entonces Freud se dedicaba a la neurología.

Una digresión antes de seguir por aquí: Cocaína.

Ávido de  un descubrimiento que lo llevara rápido  a mejorar su situación financiera, (ya que Freud quería casarse con Marta) en 1883, a partir de un artículo publicado por el Dr. Aschenbrandt que destacaba el interés de la cocaína, el alcaloide de la coca, Freud experimentó en sí mismo  la sustancia supuestamente inofensiva, que encontró eficaz contra la fatiga y los síntomas  neurasténicos. Afirmó que se podía utilizar como estimulante, como afrodisíaco, contra los desórdenes estomacales, la caquexia, el asma y para la eliminación de los síntomas dolorosos que acompañaban la retirada de la morfina en los adictos a esa sustancia. La había aplicado a su amigo Fleischl, el cual debido a una severa neuralgia, se había vuelto morfinómano. El tratamiento trastocó una adicción por otra.  Siguieron investigaciones sobre su uso anestésico en el ojo, pero fue otro médico el que se lleva los elogios. Poco tiempo después Albrecht Erlenmeyer publicará un trabajo que destaca la adicción que produce la cocaína y quedaran en el olvido esas investigaciones, sin pasar antes por verdaderos disgustos…

Histeria, trauma, sonambulismo.

En la serie son los títulos de los 3 primeros capítulos, en la vida de Freud es… Charcot.
Mientras realizaba la residencia solicitó a la Universidad de Viena una beca de estudios. Gracias a la buena intervención de sus maestros, (¡incluido Meynert!), la beca le fue otorgada.  Y allí partió Freud a Paris a tomar clases con Charcot. La pasantía no sobrepasó los 4 meses, pero el impacto fue crucial. Según Strachey[2] es en La Salpetrière donde Freud, fascinado, desplaza su interés  por la neuropatología a la psicopatología.

Así se lo cuenta en una carta a su Martha: “Tengo la impresión de que estoy cambiando mucho. Te contare en detalle lo que me está sucediendo. Charcot, que es uno de los más grandes médicos y un hombre de una sensatez genial, esta sencillamente desbaratando  todos mis objetivos y opiniones. A veces salgo de sus clases como de Notre-Dame, con una idea totalmente nueva de la perfección. Pero me deja exhausto; después de estar con él ya no tengo deseo alguno de trabajar en mis tonterías. Hace 3 días que no hago nada y no tengo por ello ningún remordimiento. Mi cerebro se queda tan saciado como tras una velada de teatro. No sé si esta semilla dará fruto, pero si puedo afirmar que ningún otro ser humano había causado jamás tan gran efecto sobre mí…”

Freud traducirá 2 libros de Charcot y escribirá su necrológica en 1893.

Charcot.

En dicho escrito, es Freud quien relata como Charcot fue consagrando su exclusivo interés en las histerias. “Esta, la más enigmática de las enfermedades nerviosas, había caído por aquella época en un total descrédito, que se extendía tanto a las enfermas como a los médicos que se ocupaban de ella. En la histeria, se decía,  todo es posible y ya no se quería  creer nada a las histéricas. El trabajo de Charcot le devolvió dignidad al tema. El sostuvo, con el peso de su autoridad el carácter autentico y objetivo de los fenómenos histéricos, homenajeando y repitiendo la hazaña de Pinel, retrato presente en la sala de La Salpetrière. Charcot se preguntaba: ¿a qué se debe que el histérico caiga preso de un afecto sobre cuyo ocasionamiento afirma no saber nada? Allí comenzó a pensar en una escisión de la conciencia, como solución al enigma (concepto que la serie la pone en boca del personaje Freud en repetidas ocasiones) y dice Freud al respecto: “Charcot dio un paso más allá, y que le asegura para siempre la fama de ser el primero en explicar esta enfermedad: empeñado en el estudio de las parálisis histéricas que se generan después de traumas, se le ocurrió reproducirlas artificialmente luego de haberlas diferenciado de las parálisis orgánicas, poniendo en estado de sonambulismo, mediante el uso de la hipnosis. Consiguió demostrar, con un razonamiento sin lagunas, que esas parálisis eran consecuencias de representaciones que en momentos de particular predisposición  habían gobernado el cerebro del enfermo. Así quedaba esclarecido por primera vez el mecanismo de un fenómeno histérico”. Evidentemente el guionista leyó este artículo…. Pero presten atención al siguiente párrafo…  “Y esta magnífica pieza de investigación clínica fue retomad después por su discípulo Janet, así como pro Dr. Breuer y otros, para esbozar una teoría de las neurosis que coincide con la concepción medieval tras sustituir por una fórmula psicológica el “demonio” de la fantasía eclesiástica[3].

Bueno, suficiente hasta acá. Lo próximo vendrá… en el siguiente capítulo de la serie.
Ojala los haya entretenido con estos comentarios, a mí me permitieron, olvidarme por un rato de la pandemia.

Cariños.
Mariela Errasti, psicoanalista. Analista en formación de la Asociación Psicoanalítica de Córdoba

Bibliografía:
-El descubrimiento del Inconsciente. Historia y evolución de la psiquiatría dinámica. Henri Ellenberger. Edit. Gredos. 1976.
-Freud: en su tiempo y en el nuestro. Elisabeth Roudinesco. Edit. Debate. 2015
-S. Freud. Obras completas:
Tomo XXIV. Índices y bibliografía.
Tomo I: publicaciones pre psicoanalíticas.
Tomo III: Primeras publicaciones psicoanalíticas: artículos: Charcot. 1893.






[1] - Biógrafo de Freud. El descubrimiento del Inconsciente. Historia y evolución de la psiquiatría dinámica. Henri Ellenberger. Edit. Gredos. 1976.
[2] -S. Freud. Obras completas. Charcot. Tomo 3. Pag.10. Amorrortu editores.
[3] - Ídem. Pág. 22- 23 y siguientes.

Hay más luz cuando alguien habla por Alejandra Giraldez


La importancia de la voz y la palabra en tiempos de coronavirus


Una medida de cuidado, de sobrevivencia y de protección en estos tiempos es el aislamiento de los cuerpos.  Los seres humanos tenemos muchos modos de establecer comunicación. Sin embargo, para muchas personas es imprescindible que los modos más primitivos de comunicación estén presentes para poder establecer un lazo con el otro. Desconocemos la dependencia que tenemos de ellos y muchas veces su “falla” produce actos que llevan a la interrupción del encuentro con el otro.  Justificaciones varias rellenan esa acción , “no lo vi más porque no me gustó”, “voy a esperar para continuar mi terapia cuando esto pase”, “no estaba cómodo” suelen ser argumentos que velan otras razones, que tienen que ver con aquella historia que marcó nuestras preferencias.

La presencia física, el contacto, la mirada y la voz son, en su conjunto, modos en los que establecemos lazos imprescindibles para nuestra supervivencia emocional. Sabemos que ese largo período de dependencia del otro ser humano nos constituye como tales, y en esos comienzos de nuestra vida psíquica, cuando algunos de estos modos de comunicación fallan o están ausentes, causan los estragos más grandes en nuestro mundo psíquico y en nuestras relaciones. Si no somos sostenidos en nuestros primeros tiempos, si no somos mirados en un ritmo de presencia-ausencia adecuado, la angustia y el temor serán compañeros de muchos momentos de nuestra vida.

En esta circunstancia actual, la interrupción de algunos de esos modos de comunicación constituye el cuidado de la vida y no el abandono o la ignorancia del ser del otro.  Los pacientes ya no pueden seguir la rutina de venir a los consultorios a buscar su espacio para reencontrarse con su palabra. Su efecto es que la presencia física y la mirada del otro exogámico ya no se encuentran con facilidad. Como modo de defensa, en vez de aceptar los modos de conexión propuestos (llamadas telefónicas, vídeo llamadas) la acción suele ser interrumpir su tratamiento hasta que las condiciones mejoren, lo que los preserva de reeditar aquellas falencias inscriptas en nuestro psiquismo, las que obviamente tememos reencontrar. Así, muchos profesionales de la salud mental hemos percibido cómo les cuesta a nuestros pacientes continuar con sus terapias vía online. Muchos de ellos a veces no pueden explicar por qué, pero la posibilidad de la interrupción de ese momento donde la presencia física, la mirada, el saludo ya no está, evidencia que para algunos se vuelven aspectos imprescindibles, los únicos que verdaderamente garantizarían que hay alguien que los puede escuchar verdaderamente. Para muchos pacientes, el analista que espera el llamado no es el mismo que el analista que recibe con su presencia en el consultorio. Son momentos de trabajar estos aspectos, de ayudar a que los pacientes encuentren en la voz del analista la garantía de la continuidad. No son momentos de quedarse en soledad. Como nos enseñó aquel niño que Freud compartió en sus textos, hoy más que nunca tenemos que permitir que sea posible que la palabra circule, para que todo sea menos oscuro.

Alejandra Giraldez, psicoanalista – Analista en formación de la Asociación Psicoanalítica de Córdoba



jueves, 2 de abril de 2020

El amor en los tiempos de pandemia por Patricia de Cara


“Querían saber qué clase de peste traían a bordo, cuantos pasajeros venían, cuantos estaban enfermos, que posibilidades había de nuevos contagios.

El capitán contestó que solo traían tres pasajeros, y todos tenían el cólera, pero se mantenían en reclusión estricta.”

García Márquez, El amor en los tiempos del cólera.

 

Por estos días se respira con miedo, en las calles te cruzas con un conocido y no lo podés rozar, tocar ni besar. Los encuentros con otros hay que mantenerlos en una distancia óptima, que no incluya contacto.  La ciudad se ha vaciado en pocas horas, la amenaza del virus sobrevuela sin bandera que lo identifique, cualquiera puede tenerlo.  Los roces se esquivan y alteran a los transeúntes.  Los lazos se desenlazan, cada uno en su casa - para preservar/se – como gesto de amor en los tiempos de pandemia.  Hay algo raro, el ambiente se respira ominoso, invisible y desconocido.     

Nuestra vida cotidiana se ha modificado de un día para otro generando malestares impensados hasta el momento: la convivencia apretadita, la economía que escasea, el temor a quedarse sin lo esencial, nos lleva a una búsqueda desenfrenada de aprovisionamientos eventualmente innecesarios, el temor a que nos pueda faltar algo se convierte en otro contagio.

Lo cierto es que, en situaciones límites, se despliegan una serie de manifestaciones que irían en contra de la cultura.  Se pone en evidencia la vulnerabilidad del ser humano y es necesario apelar a la creatividad, en tiempos de la peste, para no sucumbir al terror.  La incertidumbre nos despierta extrañas sensaciones en cada uno, que, de acuerdo a las posibilidades de darle significación al acontecimiento, podrán ir demarcando nuevas coordenadas frente a lo incierto del tiempo presente.     

Navegamos por aguas turbulentas. La reclusión de la cuarentena nos exige renuncias a los bienestares habituales, los cuales quedan en pausa, postergados o se pierden.  La destreza en el equilibrio oscilante de nuestros malestares, implica un desafío para la arquitectura interna de nuestro Yo, ya amenazado frente a la catástrofe que nos atraviesa.  La oferta de sensaciones varía de uno a otro: temores y ansiedades se presentan sospechando el peligro.  Tolerarlos y darles lugar en su justa medida, para poner en marcha las acciones de cuidado específicas, son imprescindibles para sanarnos.  

El espacio del hogar al cabo de unos días se torna incómodo, se manifiestan nuevas versiones de nosotros mismos, inquietados por la parálisis total de actividades.  Los dispositivos telefónicos y la red virtual vienen siendo el pasaporte al exterior, la red herramienta de contacto permitida que, funcionando como acompañante y soporte social, nos permite seguir   enlazados con otros, mitigándose la sensación de soledad y desamparo al convertirlo en un infortunio compartido.

La voz, la mirada, la escucha, son presencias necesarias que nos ligan para re-inventarnos frente a la   imposibilidad de seguir con nuestra hoja de ruta.  El aislamiento garantizaría que la vida y el deseo, sigan girando en el porvenir.         

Entre los comentarios que circulan en la gente, hay uno que me interesa destacar: después de esto, el mundo: será otro.  En tiempos de Pandemia, al igual que del amor, saldremos transformados con la marca de lo nuevo. 

Lo invisible se torna ominoso; por lo que conviene por el momento, seguir navegando  en  el barco con la bandera de la peste en alto.            

Patricia de Cara, psicoanalista – Coordinadora Simposio de la Asociación Psicoanalítica de Córdoba.

 


martes, 31 de marzo de 2020

El Peligro del otro por Mariano Horenstein


El peligro del otro

Una partícula ni siquiera microscópica sino nanoscópica, un fragmento de ácidos y proteínas que ni siquiera alcanza a ser un organismo vivo tiene en vilo a una especie capaz de poner a un hombre en la Luna. La irrisión del nuevo virus contrasta con el descalabro que ha ocasionado, del que estamos lejos aun de evaluar sus daños e incluso augurar el desenlace. Un virus poco más letal que una gripe -o incluso menos, pero replicable a escala universal- desnuda la fragilidad extrema de la especie humana. Una infraestructura sanitaria desbordada e insuficiente es apenas uno de los modos en que esa fragilidad se revela. También aparece cuando los líderes muestran sus propias inconsistencias, haciendo imposible ignorar que el rey está desnudo. También cuando advertimos que el otro a quien necesitamos es al mismo tiempo el otro que puede contagiarnos.

Cuando surge un peligro como el del virus de esta temporada, un primer reflejo es desentendernos. La familiar omnipotencia confía en que no es asunto nuestro, los que se enferman y mueren siempre son los otros. Algunos, apalancados en ese reflejo habitual que proyecta en el otro lo que preferimos no reconocer en nosotros, lo utilizan abyectamente para justificar su solapado racismo. Así hizo el presidente Trump en su discurso previo al cierre de fronteras de EEUU, donde calificó al COVID-19 como un virus extranjero. Entonces, lo único que cabe es defenderse del extranjero, considerado él mismo como un virus.

Solo que en esta nueva pandemia que enfrentamos no son los inmigrantes magrebíes que se hacinan en los márgenes de Europa ni las caravanas de centroamericanos que pretenden llegar a Estados Unidos los responsables de su transmisión: los portadores del virus son europeos blancos y cristianos, pasajeros de cruceros de lujo, funcionarios de empresas transnacionales o turistas de primera clase. Esta pandemia dificulta el mecanismo básico de segregación que nos constituye como grupo humano: dejar afuera al distinto, cercarlo, distinguirlo, y así darle consistencia imaginaria a nuestro propio grupo de pertenencia. Y la dificultad radica en que, por la asombrosa rapidez de su diseminación en tiempos globales, ya China queda lejos en la cadena de transmisión, y el peligro es aquel a quien nos parecemos y no de quien nos diferenciamos.

Con esa manía humana de distinguir para confortarnos dentro de lo semejante, nos hubiera gustado nombrar a este virus como la peste de Wuhan, tanto como el MERS era la de Medio Oriente o la gripe de siglo atrás era la española, pero los intentos de la humanidad organizada de lidiar con esta amenaza ha sabiamente despojado a la peste de su calificativo chino para reducirlo a un nombre técnico: COVID-19.

Pensar en un virus en tanto extranjero, limita nuestra posibilidad de defensa al imaginar que alcanza con cerrar fronteras y denegar visas para permanecer indemnes. A la vez, al asumir que nada hay de extranjero en nosotros -pues el extranjero es siempre el otro, la amenaza- se niega la evidencia de que un virus se transmite en función de vínculos, y que la especie humana es humana justamente gracias a esos vínculos. Implica un forzamiento brutal el expulsar hacia el afuera la idea de peligro, porque la extranjería nos constituye. Y en ese sentido no hay lucha eficaz contra un agente patógeno sin considerar que éste también anida o anidará en nosotros, en nuestras relaciones, dentro de nuestras fronteras siempre porosas con el otro.

La especie humana está expuesta desde el nacimiento al desamparo. Nacemos prematuros, a diferencia de muchos animales, y es la larga temporada en la que dependemos de otro lo que nos hace humanos, la que nos permite el nivel inédito de logros que la humanidad ha alcanzado. Esa necesidad imperiosa del otro que nos alimente y proteja nos lleva a ilusionarnos con un otro sin falla, dueño del poder de salvarnos, esa ilusión bajo la cual los niños se permiten crecer. Con el tiempo la realidad se encarga de desmentir esa ficción fenomenal, y el modo en que se tramite esa desilusión será fundante de la estructura psíquica de cada uno.

En situaciones críticas, depositamos en otros -ya no nuestros padres, aunque sí nuestros gobernantes, nuestras instituciones- el ejercicio de la función de cuidado, de definir el límite a partir del cual algo ha de hacerse o evitarse. Esa apuesta de que haya otro, figura de la ley -médico, presidente o protocolo- que proteja es también una ficción, pues ese otro al que precisamos sostener para poder sostenernos se enfrenta a la misma perplejidad, está inerme ante la misma angustia que nosotros. Al mismo tiempo, ha de encarnar, como el héroe de una tragedia, al personaje capaz de ayudar a los simples mortales a atravesar un mar de incertidumbre. Ver que ese otro capaz de salvarnos está tan desvalido como los que precisamos ser salvados es fuente de angustia y parálisis, e intentamos todos los modos posibles de desmentir esa evidencia. Somos seres de ficción que precisamos ficciones para sobrevivir, ésta es una de ellas.

Aunque una situación crítica sea común para todos, el modo en que cada uno lee el peligro, lo decodifica y reacciona es singular. Aunque puedan trazarse regularidades, las respuestas de nuestra especie son siempre individuales. La gama de reacciones catalogables se encuentra entonces ante la imposibilidad de abarcarlas a todas, tal como le sucediera a Borges con los animales de su enciclopedia china. Fóbicos que extreman su sensibilidad al punto de no querer tocar ni su propio cuerpo devenido zona de peligro, ciudadanos normales ejercitando una paranoia siempre a mano ante un peligro que siempre pareciera acechar desde afuera, obsesivos que tardan más en lavarse que en ensuciarse o histerias desatadas que encuentran en la proliferación de grupos de chat una plataforma tan inédita como insustancial para multiplicarse hasta el infinito. Ni hablar de las fantasmagorías hipocondríacas o la labilidad sugestiva que por momentos nos hace vivir nuestros cuerpos en función del relato de los síntomas con que se nos bombardea, o el costado perverso de algunos de nuestros congéneres que encuentran algún oscuro goce en no cuidar al otro del que son responsables, en violar cuarentenas necesarias o jugar un juego de riesgo donde la satisfacción de mirar de frente al abismo no repara en gastos.

Las situaciones críticas siempre son reveladoras, hacen visibles las costuras de los tiempos, las contradicciones de los sistemas políticos, las miserias de nuestros semejantes de pronto convertidos en enemigos. Las situaciones de pretendida normalidad permiten que lo política y moralmente correcto primen, que los buenos modales y el consenso democrático gocen de algún prestigio y que los extremismos ideológicos queden reducidos a los márgenes de la población. Las situaciones de peligro en cambio, como ha sucedido en tiempos de guerra, de dictadura o cataclismo, muestran no solo la verdad de la especie sino también la de cada uno de nuestros congéneres.

En un caso donde es una epidemia lo que está en juego, y donde la vía de contagio es a través de aquellos con quienes tenemos un contacto más estrecho, todo se potencia. Pese a los intentos de nombrar al peligro como extranjero, es el prójimo el peligroso, aquel con quien trabajamos o dormimos, con quien nos movilizamos o a quien compramos o a quien le vendemos o con quien estudiamos o bailamos. Y el peligro radica también en que en oportunidades como ésta el prójimo aparece sin vestiduras, sin maquillaje, mostrándonos su pavor o su egoísmo, sus prejuicios o su radical desentendimiento, aquello de lo que los humanos, sabemos por experiencia histórica, somos capaces.

Como escribió Hölderlin, sin embargo, allí donde crece el peligro crece también la salvación. Pues es gracias a ese otro que nos constituye y que puede matarnos, que también podemos salvarnos. Es en la microfísica de las relaciones donde se trama un modo efectivo del cuidado, cuidando al otro, cuidándolo incluso de uno mismo.

Nuestra especie no solo es capaz de desarrollar vacunas o tratamientos en tiempo real, en una carrera de velocidad con los virus que la amenazan, sino que también sabe aprender de la experiencia, convertir la lógica de infección en la lógica de prevención. Como en la génesis de la esperada fórmula que logre inmunizarnos, lo que se juega aquí es la posibilidad de asumir que aquello extranjero sea quizás lo más íntimo, la esperanza de convertir el veneno del virus en vacuna. Quizás eso nos haga merecedores, a diferencia de las estirpes condenadas a la soledad, de nuevas oportunidades sobre la tierra.

Mariano Horenstein, psicoanalista. Director del Instituto de Formación Psicoanalítica de la Asociación Psicoanalítica de Córdoba


lunes, 30 de marzo de 2020

El día que... por Milena Vigil


EL DIA QUE…

Teresita es paciente del hospital oncológico, con un diagnóstico de linfoma avanzado, 62 años y 15 hijos. Vive en situación de extrema pobreza, ayudada por familiares, que también poseen trabajos precarios e informales, por vecinos solidarios y por nuestro sistema de salud y servicio social que, según los planes en vigencia, se le ofrece de inmediato. En la última sesión de psicoterapia ella me contó conmovida que, por un plan de vida digna, le asignaron un dinero para terminar su casa-rancho. Con gran euforia afirmó: ¡doctora, el día que tenga mi primer baño voy a dormir esa noche ahí!

En tiempos de cuarentena Teresita sacude al equipo de salud con una realidad que se contrapone con los protocolos establecidos, y nos obliga a pensar en que todas las medidas de prevención se formulan desde una mirada social media, donde contamos con techo, agua potable, baño…condiciones indispensables y casi naturalizadas por todos nosotros.

En cada escucha, en cada encuentro, una existencia única puja para ser cobijada. Como psicoanalista buceo desde dentro y desde fuera, y me pregunto cual es la construcción anhelada, fantaseada de aquel deseo que condensa el amparo, la inclusión y el logro de no quedar pegado a la no-cultura.  Busco la mejor opción para construir en nuestro espacio de salud mental, acciones de cuidado, acompañamiento y creatividad, aunque estemos inmersos en el panorama más desolador de los últimos 50 años.

Los tratamientos oncológicos no se pueden interrumpir ya que los esquemas están pensados y diagramados para acabar con el crecimiento celular anómalo… estudios exploratorios, tratamientos de quimioterapia, terapia radiante y cirugías, pero en estas condiciones, ¿dónde estamos parados, que frenamos y que no, para protegerlos/nos?, ¿cual es el mal mayor cuando nos encontramos con pacientes crónicos pulseando un cáncer y de repente todo es pandemia?

Vuelvo a insistir, la atención de lo colectivo es un movimiento, pero no nos tenemos que olvidar del encuentro con cada ser  que nos cuenta con extremos detalles su propia vida.

Milena Vigil – Psicoanalista, Prosecretaria de la Asociación Psicoanalítica de Córdoba